martes, 11 de septiembre de 2007

EL LEÑADOR

La tarde comienza a caer y una fina llovizna acaricia las pocas y amarillentas hojas que aún quedan en los árboles del jardín.
La llovizna, limpia silenciosa y delicada las hojas cubiertas de partículas de polvo. Así caen, con suaves y ondulados movimientos sobre el amarillento y natural césped. Una tras otra, como si fueran solidarias con su suerte de convertirse en tierra, sucumben a causa del peso del polvo y de la fina llovizna que, mezclada con las partículas de tierra volátil, se convierten en una suerte de delicado y sutil tarquín.
Caen en silencio sobre la alfombra verde amarillenta del espacioso jardín que separa la casa de la calle, donde aún se escuchan los gritos de algunos niños que juguetean por allí en unas viejas y destartaladas bicicletas y otros, que corren tras una pelota que un día orgullosos y felices con sus ojos chispeantes mostraron a sus amigos y diciendo: "tengo pelota nueva". Claro, era brillante y de color blanco y negro muy bien definidos. Ahora el balón que da botes sobre el irregular suelo es de un color plomizo y su superficie que antes era de una redondez uniforme, es casi ovalada.
Su mirada quiere encontrar a los dueños de esas voces y gritos llenos de vida y alegría.
Hace un esfuerzo y frunce un poco el ceño como para ayudar a su perdida y triste mirada en su infructuosa búsqueda. Quiere contagiarse de esa expresión de vida transparente, inocente, desprejuiciada, para darse ánimo y enfrentar la larga, sufrida, temida y tediosa noche.
Entre ramas y hojas sentenciadas ve una cabeza y unos brazos que se mueven en forma desordenada. Suspira.
Atrapó entre sus pupilas al hijo de su vecina. En ellas, que son de un color café claro, se mueve y salta el hijo de su vecina, despreocupado de la noche oscura y silenciosa que tanto le atormentará, de los crujidos de las viejas y añosas maderas del cielo y piso de su casa de madera colorada.
Es el hijo de doña Carmen - el atrapado en las pupilas color café claro de Roberto - la señora gorda y de brazos velludos que es buena para dar recetas médicas a base a puras yerbas. Ña Carmela – le dicen – siempre cuenta historias del campo. Ella, vivió parte de su pobre y sufrida infancia en casa de su abuela, perdida entre bosques y copihues.
Allí está el hijo de la Carmela encerrado en sus pupilas y que atrapa la pelota plomiza y mojada, lanzando un grito de júbilo por haber evitado que ésta transpusiera la imaginaria línea de un improvisado arco con un par de piedras que habían encontrado junto al camino.
Por unos instantes le atrapa en su visión. Cierra sus ojos como queriendo que sus cortas y tiesas pestañas lo dejen allí, encarcelado en su retina e imagina sus ojos negros y su cara casi morada de lo moreno que es. Sus manos partidas de tanto jugar con tierra y por la fría y gruesa agua del pilón con las que, día a día, tiene que mojar y lavar su esculpida piel de niño de población rural.
Imagina sus dientes blancos y saltados de su explosiva risa, sus piernas flacas y llenas de marcas y cicatrices de tantas caídas. Sus zapatillas gastadas y grandes heredadas de Julián su hermano mayor. Y sus calcetines que nunca se los había visto ceñidos a sus delgadas pantorrillas porque los elásticos habían sucumbido a las friegas y friegas en las anchas y callosas manos de la Carmela en la artesa, que tenía como tapón un corcho de chuica de vino tinto que él le había regalado.
Sintió nostalgia, soñó volver a su niñez y jugar como ellos.




Entre sus manos tiene un pañuelo que, en su tiempo había sido de un blanco considerable, ahora es de un color amarillento y que aún conserva en uno de sus extremos un bordado que dice Felicidades. Así: Felicidades.
Con ese trozo de género casi transparente por lo gastado que está, limpia sus cansados y vacíos ojos con los que cada vez tiene que hacer un mayor esfuerzo para mirar.
Está apoyado en el respaldo de una silla de mimbre que ha soportado más de cuarenta años de uso y cuidado. El respaldo es de una noble y costosa madera, curvo y muy lustrado. Su mano derecha la tiene apoyada sobre el delgado punto de apoyo de la silla y la izquierda, sobre el borde de la ventana casi empuñada porque, en ella, tiene el auxilio de sus llorosos y cansados ojos. En uno de sus extremos bordado tiene escrito Felicidad. Así: Felicidad.
Sin mirar el estado de ese trozo de género que guarda como un gran recuerdo de su viejita que había fallecido hace un par de años, la señora María, se lo llevó a sus secos e irritados ojos que estaban rodeados de una piel color café, curtida y de floja consistencia.
Luego de rozar con el pañuelo su ojo izquierdo con su temblorosa mano, lo dirigió a su roja y pronunciada nariz que tenía varios pequeños cráteres producto de su juventud desordenada y alcoholizada. Frotó las portezuelas de su nariz en forma mecánica y luego introdujo el húmedo trozo de género amarillento bajo la manga de su deshilachado chaleco plomo que su viejita le había tejido veinte inviernos atrás.
Los gritos y risas ya no están al alcance de sus oídos. Y toda la atracción por el mundo exterior - que se vestía de noche plomiza y fría - dejó de ser lo que le había hecho olvidar su soledad, su abandono y un presentimiento trágico que no podía explicar.
Se acercó al velador que estaba junto a su cama para mirar la hora. Entre sus manos tomó el viejo reloj despertador, poseedor de una cabeza similar a la de un casco de soldado. Era de esos que, cuando suenan, levantan hasta los muertos. Era un recuerdo de muchos años pues sus padres se lo habían regalado cuando salió llamado para hacer el servicio en la marina. El puntero grande estaba por llegar al número siete y el pequeño, estaba entre el seis y el siete. Así VI y VII. Por unos instantes se distrajo mirando un pequeño puntero cuyos movimientos estaban muy unidos al tic-tac-tic-tac que, en los desvelos de la noche machacaban sus oídos como si estuviera dentro de la sala de máquinas del viejo barco de guerra que fue su hogar mientras hizo el servicio en la marina.
Tic-tac. Tic-tac.
Tenía dos puntos de apoyo el dueño del tic-tac. Uno de ellos se había roto cuando se cayó de la cómoda de cuatro cajones y tenía que equilibrarlo con un trozo de cartón cada vez que lo tomaba para ver bien la hora.
Era todo un ritual. En eso demoraba un par de minutos, porque era un hombre muy detallista y le gustaban que todas las cosas estuviesen en su lugar y, bien.
Dejó escapar unos improperios porque el trozo de cartón se le había caído y, al tratar de alcanzarlo en su vuelo hacia el suelo a causa de la natural fuerza de gravedad, pasó a llevar un vaso con agua de toronjil a medio consumir que tenía sobre el viejo velador para beber durante la noche.
Ya no era el "flasch" como le decían sus antiguos y extinguidos compañeros de la marina. Su mano derecha torpe y lenta no pudo con la veloz caída del vaso verdoso que había comprado a un vendedor cuatro meses atrás y que canceló en dos cuotas mensuales de dos pesos cada una.
El choque fue inevitable. Estalló y produjo una explosión que asustó a un pequeño ratón que miraba moviendo su pequeña nariz en el otro extremo del desaseado dormitorio de doce metros cuadrados.
El pequeño roedor, impulsado por su larga cola, giró y desapareció entre un junquillo de una de las esquinas del dormitorio, justo detrás de un viejo baúl de madera y cuero que contenía los más variados e increíbles recuerdos de él y de su viejita, la María.
Estalló en mil pedazos que se esparcieron en más de un metro cuadrado. El trozo más grueso del vaso, que antes había sido una botella de cerveza, terminó golpeando la vieja bacinica que tenía varias partes "saltadas" por antiguos golpes. Tenía un lado medio hundido y "saltado" – cerca de la oreja que permitía se tomase - que dejaba ver un fondo medio azulado oscuro. Ése fue porque, su viejita se enojó el día que cumplían dos años de matrimonio. Él había llegado de una partida de cartas con sus amigos, muy avanzada la madrugada, en un estado de ebriedad que no se podía sostener de pie. Además, que, con su borrachera y fuerte voz había logrado despertar a Rubén que después de arduo trabajo, su viejtita, logró se durmiera.
¡Está muy fregado! – decía ella en su ignorancia – ¡Porque le están saliendo los dientes!.
En ésa bacinica, llena de historias y de orinas sanas y enfermas había detenido su loca carrera el trozo del vaso con agua de toronjil. Era la parte de abajo, la más gruesa. Esa.
Se sentó sobre la cubrecama de lana que había tejido su viejita. Tenía varios cuadros de distintos colores y era bien pesada y abrigadora.
Por unos instantes la vio sentada en la silla de cubierta de mimbre haciendo un ovillo de lana y él, en otra que se rompió, sentado con los dos brazos abiertos, cansados y tiesos sosteniendo la madeja que su viejita había comprado en el almacén de la esquina del pueblo, ése que estaba al frente de la "mercería" de don Juan.
Miró al suelo y vio cómo el aguita de toronjil se escurría por entre las separaciones que, con el tiempo y uso, se habían producido en las tablas de alerce fijadas a gruesas vigas de roble con clavos de cobre. El resto era absorbido por la reseca madera que hacía varios meses no era acariciada por el "chongo" cubierto de un viejo trapo con cera roja, esa bien hedionda para espantar las pulgas y arañas – como decía su viejita – El viejo "chongo" para ésas ocasiones, se vestía con su pinta "dominguera": un viejo chaleco de lana de alpaca y, que altivo y tieso por la velocidad del roce, lograba que las tablas de alerce dieran un brillo especial.
El viejo "chongo", con el tiempo, fue convertido en un simple palo que sirvió para guiar una mata de tomate que había crecido junto a la salida de la cocina, porque su viejita había tirado unas pepas "por su salía" una matita. Allí terminó su vida el viejo "chongo" - que por muchos años se vistió de "trapo encerado" y de "lana de alpaca" - enterrado en una tierra blanda, abonada y húmeda que poco a poco fue engangrenando su extremidad inferior hasta hacerle sucumbir por el peso de los rojos frutos de la mata de tomate.
Lamentaba haber quebrado ese vaso que le costó dos meses de pago: cuatro pesos. Cuatro pesos, lo que gastaba y comía en pan en dos semanas.
¡Mañana pasaré la escoba y barreré los trozos del vaso! - se dijo suspirando - mientras comenzaba con el ritual de desvestirse para acostarse en la hundida cama de bronce y de colchones de lana humedecidos por la falta de ventilación.
Después de sacarse la ropa y ponerse el pijama, encendió la vieja radio que tenía sobre una mesa al otro lado de la cama. Era antigua, a tubos, y demoraba unos minutos en calentarse. Después saldría, por el empolvado parlante que estaba sobre la perilla que servía para sintonizar las emisoras, la voz del locutor que siempre le acompañaba por las noches con su programa especial de tangos.
El viejo y cojo reloj señala las siete de la tarde. Ésa era la hora en que "Carlitos" comenzaba su programa especial de tangos y música del recuerdo. Gardel abrió el programa.
"Adiós muchachos compañeros de mi vida..." sonaba por el pequeño y saturado parlante cubierto con una especie de paño plomizo. Allí tenía puesta la vista Roberto. Miraba el parlante. Escuchaba y miraba el parlante transportándose al pasado.
Estaba apoyado sobre el codo del brazo derecho y poco a poco se reclinó sobre la almohada al mismo tiempo que cerraba sus ojos.
Inspiró profundo y por sus fosas nasales ingresó el fresco olor a eucalipto.
Por sus oídos, el ruido de un pequeño estero que venía lleno, los cantos de las aves que le inspiraban para escribir versos de amor a su enamorada María.
Estaba sentado a la sombra de un frondoso árbol que, en lo alto de su grueso tronco tenía dibujado un corazón con un clavo de cuatro pulgadas donde se podían leer las iniciales R.G.G. y M.L.A.
Escribía unos versos para la mujer que le hacía suspirar durante gran parte del día. Cada vez que terminaba su proeza se los entregaba a su hermana menor, que murió de una extraña enfermedad y, que era compañera de Ernestina, hermana de su mujer soñada.
Las aves cantan
porque pueden volar,
y yo suspiro
por volverte a besar.
Siempre llegaba a las manos de María por su hermana Ernestina, cuando ella llegaba de la escuela con sus zapatos empolvados, sus calcetines a media pierna y sus uñas pintadas. Era un pequeño papel y bien doblado, pegado con engrudo que su mamá siempre preparaba para que su hija menor pudiera pegar los recortes de las tareas.
A unos dos kilómetros, María, a escondidas leía los cortos y sentidos versos de Roberto, el joven de largas patillas y camisa a cuadros que nunca cambiaba las botas de medio taco y su gorro de lana aunque lloviera o hiciese un calor endemoniado.
Estaba intranquilo, el papá de María, don Ernesto se había enterado de las citas a escondidas de su hija con el hijo de su compadre don Armando. Ambos habían convenido en una visita de rigor para formalizar el noviazgo de sus hijos. Hasta el momento se habían dado dos besos apurados y el sábado, en dos días más, los dos comenzarían un corto noviazgo.
Preparaba las palabras que debía decir a los padres de María:
No soy rico pero hice el servicio en la marina.
Allí aprendí a trabajar y servir a mi Patria.
Allí me enseñaron a respetar y cumplir lo jurado.
Allí aprendí a ser hombre y honrar lo amado.
Allí estaba ella. Peinada con trenzas y de pelo muy brillante. Con zapatos negros brillantes y calcetines blancos. Miraba al suelo y tenía sus manos pegajosas producto del nerviosismo.
Don Ernesto y Armando, miraban orgullosos a sus hijos.
Quien dio el primer paso fue don Ernesto que, de la mano de María y mirándole fijamente a los ojos, le dijo muy sentido:
Cuida de esta mujer que es hija mía,
de lo contrario tendrás que verte con la ira mía.

Roberto, con un muy bien planchado pantalón gris y gruesas rayas verticales, un peinado correctísimo con el que su madre logró - gracias a la goma natural que pudo sacar de pepas de membrillo a medio madurar y, un poco de jugo de limón – aplastar el remolino que tenía en la base de su frente y otro, atrás, un poco más abajo de la mollera y, que nunca nadie se lo había podido dominar.
¿Me estás aliñando para el matrimonio? – preguntaba entre risas y nervios Roberto a su madre que estaba afanada tratando de acabar con el difícil trabajo de peinar a su hijo, cuando faltaban veintitrés minutos para que se cumplieran las siete de la tarde.
¡Ya! – dijo su madre con aire de triunfo, creo que he ganado esta vez a tus rebeldes pelos. Eran los dos remolinos que más rabias hacían pasar a don Rupertino, el único peluquero del campamento que - a punta de tijera y una máquina muy moderna que le había traído un cuñado de la capital – tenía que luchar y hacer malabares para que no se le notaran en demasía esos remolinos.
Roberto vestido elegante, venciendo al nerviosismo y al movimiento de su descontrolada pierna izquierda que le tiritaba en demasía, recitó su discurso de memoria ante la sentencia de su futuro suegro:
No soy rico pero hice el servicio en la marina.
Allí aprendí a trabajar y servir a mi Patria.
Allí me enseñaron a respetar y cumplir lo jurado.
Allí aprendí a ser hombre y honrar lo amado.
Lo hizo con una mirada tímida que, de vez en cuando, levantaba para encontrar una aprobación en la también tímida sonrisa de su casi ya novia.
Cuando terminó con el breve discurso que tenía preparado – que le pareció interminable – instintivamente movió los dedos índices de ambas manos y los frotó con los respectivos pulgares. Los sintió pegajosos, mojados producto de la ansiedad que le provocaba el momento de la proclamación de su ideario de novio y esposo.
Luego las madres respectivas entregaron a cada hijo un anillo, de esos que venden los comerciantes que van una vez al mes a los campamentos de leñadores. De esos. De un color amarillento que parecen de oro pero que son de un metal blando y barato.
En silencio y con manos temblorosas, Roberto introdujo el anillo en el anular de las húmedas y nerviosas manos de María. Luego, ella, con muy mala puntería, hizo lo mismo en el anular derecho de su prometido.
Vinieron los aplausos y la promesa que el próximo mes, cuando viniera el señor cura, bendijera las argollas y desposara a los novios.
Allí también estaba doña Petronila, su abuela materna sentada en una silla con un cojín, de esos que tejen las abuelas con las sobras de lana después de inventar un chaleco para que el viento del invierno no penetre los cuerpos de sus nietos. Estaba rigurosamente peinada con un moño en su nuca y un peine con dientes largos de madera de álamo que Roberto le había tallado y regalado – mientras se entretenía en alta mar para acortar las noches muy movidas en los mares del sur.-
Doña Petronila tenía su cara llena de arrugas y sus mejillas coloradas, producto del viento que, por varias calendas se había ensañado con su piel en los fríos inviernos y calurosos veranos. Miraba complacida y complaciente la breve ceremonia que se prolongaría en una comida abundante.
Ella había regalado una pequeña vaquilla que hacía dos días venían adosando con toda clase de condimentos.
Estaban sus padrinos y dos compañeros del servicio militar, quienes siguieron en la marina.
El brindis, antecedido por un sentido discurso de su suegro con toda clase de consejos cargados de moral y buenas costumbres para que los novios se guardaran puros e inmaculados para el día en que tenía que venir el "padrecito" y casarlos.
El viento que estaba afuera, al parecer tenía mucho frío porque empujaba con fuerza la ventana como queriendo entrar.
Y, lo logró. Ingresó con violencia y envuelto con un manto gigante de frío.
La ventana golpeó con mucha fuerza un antiguo florero que contenía unas flores plásticas desteñidas y cayó con gran estrépito.
Roberto, que en ese momento tenía entre sus manos una copa de cidra muy helada a punto de hacer efectivo el brindis anunciado por su suegro, se sobresaltó y sintió cómo su cuerpo era envuelto por el frío, que había penetrado junto al viento a su dormitorio.
¡Maldito viento! – dijo – mientras cubría sus espaldas con un poncho negro y grueso, de esos de Castilla, y dejaba caer sus pies al sucio piso de madera que aún tenía trozos de vidrio del vaso que se había caído del velador.
Caminó hacia la ventana que se había abierto mientras tosía y una clavada le traspasaba su encorvada espalda que ya no tenía carnes para ocultar los huesos de la columna y de las "paletas". Allí sentía el dolor. Debajo de la "paleta" derecha, cada vez que tosía.
Cerró las hojas de la ventana y puso un trozo de cartón entre sus hojas, para cerciorarse que esta vez el viento no las volvería abrir.
El pequeño roedor se asomó por entre los junquillos para observar qué le pasaba a su "vecino" de pieza mientras que roía un trozo de pan que se había caído en un descuido de Roberto bajo la mesa. Fue cuando se tomó un "matecito" a las cuatro y media de la tarde.
Roberto sabía de su existencia y nada hacía por exterminarle. Se sentía acompañado y se imaginaba al ratón Mickey de las revistas de Disney, por eso nada hacía para eliminarle.
"Carlitos" anunciaba el fin del programa, mientras de música de fondo sonaba el tango uno. Eran las ocho de la noche. Escuchó unos comerciales y comenzaron las noticias.
"El precio de la harina ha experimentado un alza por lo que a partir del día siguiente el pan subirá en dos pesos el kilo".
Miró el calendario como para calcular si tendría suficiente dinero para el fin de mes. Vivía el miércoles 18 de julio de 1974.
Recibía dieciséis pesos mes a mes que iba a cobrar después de hacer una larga fila en el único banco de su pequeño pueblo sureño. Salía muy temprano y lo llevaba Jacinto en su carreta de bueyes a la carretera, de allí tenía que caminar una hora para llegar al "pueblo" para "pagarse".
Sabía que, a fin de mes, tendría que cambiar unos billetes grandes de varios escudos porque los señores militares habían cambiado la moneda. Con esa "platita" se compraría unos zapatos nuevos porque los únicos que tenía ya estaban muy rotos y el zapatero le había dicho que era el último "arreglo" que "aguantaban".
Y se puso a refunfuñar:
¡Antes teníamos harta plata y no había nada en que gastarla!.
¡Ahora tenemos cosas para comprar paro la plata no nos alcanza!.
Recordó con rabia y vergüenza cuando fue al pueblo, en febrero de 1974, para "regalar" los anillos que se había puesto con su viejita cuando el curita los casó.
Recuerda que le dijeron unos señores militares:
¡Abuelito!. ¡Esto es pura lata! ¡No valen nada! ¡Guárdelos mejor!
¡Nosotros necesitamos anillos de oro para "levantar" el país!
Allí estaban guardados en un cofre que, cuando cumplieron quince años de casados había comprado en el pueblo y le había regalado a su viejita. Había trabajado muy duro talando pinos para un aserradero y con parte de esa platita le había comprado el "regalito" para su querida viejita que lloró de emoción cuando lo abrió.
¡Faltan veinte días para el fin de mes! – dijo mirando el calendario.
Suspiró y volvió a poner su blanca cabeza sobre la almohada.
"Mueren cinco extremistas en un enfrentamiento con efectivos de seguridad en un patrullaje de rutina en la Pintana" "Según las informaciones entregadas, los terroristas formaban parte de un movimiento guerrillero que se estaba formando en la Capital y que fue totalmente desmantelado gracias a los efectivos civiles".
¡Malditos comunistas! – dijo con rabia – ¡Tienen que matarlos a todos para que podamos vivir en paz!
¡Ojalá que entienda Jacinto – se decía con mirada de sabio – porque anda diciendo por allí que los militares andan sin uniforme matan y matan gente y los hacen desaparecer!
¡Esos son inventos que escuchan de los rusos en la radio Moscú!
¡Don Roberto! – decía vehemente Jacinto una vez al mes cuando lo llevaba al pueblo - ¿Qué va a saber usté´? ¡Si se la pasa too´ el día encerrado en su casa pues!
¡Déjate de hablar leseras Jacinto! – decía enojado Roberto - ¿A quién le crees? ¿Al general de los militares o a los rusos comunistas que están al otro lado del mundo?
Y, Jacinto que iba a pie con un largo palo en la mano puesto sobre el yugo de la pareja de bueyes que tiraban una carreta cargada de carbón, movía la cabeza como diciendo:
¡Pobre viejo, cree todo lo que escucha a pie e´juntillas!
"Mañana tendremos chubascos en forma intermitente durante todo el día y una temperatura máxima de doce grados".
"¡Buenas noches! Y no se vayan pues pronto viene don Julio con la múuusica mejicana y las más preciosas rancheras".
Se incorporó y apagó la radio sin antes cubrirla con un paño que había tejido a croché su viejita para que no se llenara de tierra.
Cerró sus ojos y comenzó a sentir su cama suspendida en el aire. Se movía y crujía al mismo compás de su movimiento. Comenzó a sentir los ruidos que los fierros producían al chocar o rozar unos con otros. Con esa sensación comenzó a quedarse dormido. Era una batalla muy dura. Dormir en esos momentos era lo que más quería para descansar del pesado día de trabajo en la cocina del carguero de la Armada.
Le molestaba y dolía bastante su mano izquierda que no había resistido el filudo cuchillo para pelar papas. Fue un descuido tonto.
Lorenzo le había pedido la tabla para picar el cilantro y, en un segundo, mientras desvió su vista para ubicarla antes de pasársela, la filuda hoja del largo y ancho cuchillo había pasado a llevar el dedo índice de su mano izquierda. Fue un corte profundo que le llegó hasta el hueso.
Entre la tripulación se corrió la voz que el cocinero se había cortado un dedo y que a quien le tocara la suerte de "encontrarlo" en su plato, quedaba libre de una guardia nocturna.
Se armó tal alboroto que, el Teniente, a cargo de los novatos marinos, tuvo que intervenir para evitar una psicosis colectiva e informar a sus superiores de los hechos tal como habían sucedido.
El practicante le curó su herida y le puso un par de puntos que le causaron más dolor que cuando el cuchillo penetró sus carnes indicares.
Se daba vueltas y vueltas en su angosto camarote y pensaba en sus padres que estarían recordándole y añorando su presencia en casa. En la estrechez, extrañaba la amplitud de su cama. Su amplia pieza con el brasero en la puerta para calentar el ambiente. Sentía nostalgia de las húmedas mañanas cubiertas de neblina en los bajos donde ellos vivían, la levantada temprano para ordeñar las tres vacas que habían parido dos terneras y un ternero...deben estar grandes – se decía.-
Su compañero de camarote el guardiamarina López, era de sueño profundo y de sonoros ronquidos. Ya estaba acostumbrado a ello.
Navegaban a la altura de la isla Quiriquina y había salido de los astilleros de Talcahuano e iban con rumbo a Valparaíso.
No se dio cuenta en qué momento se quedó dormido. Le pareció que solo durmió unos minutos porque el reloj que le habían regalado sus padres le hizo despertar. Su sonido fue tan estridente como un cañonazo.
Abrió los ojos y se incorporó. Aún estaba muy oscuro y se extrañó sobremanera.
Tomó entre sus manos el reloj y maldijo su descuido y equivocación.
No era la primera vez que se equivocaba al poner el despertador, ya le había sucedido en otras ocasiones. Pero, esta vez sí que fue un error grande.
Señalaba las 01:45 de la madrugada.
Lo volvió a poner sobre el viejo velador y abrigándose bien, se levantó y tomando su bacinica desocupó su vejiga pues, aparte de la cistitis, su próstata no funcionaba bien. Lo hizo y dejó la bacinica bajo su cama y muy pronto se quedó dormido.
Eran las nueve de la mañana cuando se despertó. A causa del desvelo no sintió el despertador que sonó hasta que el casco del soldado dejó de sonar a causa del pequeño martillo de acero.
Se acercó a la ventana y abrió los postigos de madera para dar paso a la luz de un día nublado y lluvioso. En los árboles ya no quedaban casi hojas. El viento de la noche las había arrebatado del árbol y casi todas yacían indefensas sobre las demás. Algunas habían llegado incluso, en su afán por salvarse del abandono, al borde de la misma ventana. Dos se habían pegado al vidrio de una de las hojas de la ventana.
Suspiró y volvió en dirección a su cama. Se calzó unas zapatillas de levantarse de color café y se dirigió al baño. Volvió a su pieza y terminó de vestirse. Luego salió al exterior e ingresó a la cocina que era una pieza grande de adobe y que tenía una gran cocina en el medio. Tenía seis platos.
Abriendo una de las portezuelas de ésta, comenzó a limpiar los restos de ceniza e hizo un espacio para introducir los cortos pero gruesos leños de eucalipto. Era toda una ceremonia pues demoraba más de media hora en prender esa vetusta y firme cocina de fierro. Allí pasaría gran parte de la mañana pues, después de calentar el agua para tomar desayuno, en una olla aparte también calentaba agua para lavar las partes más íntimas de su cuerpo. Era una costumbre que había adquirido cuando hizo el servicio en la marina y que nunca, nunca lo dejó de practicar.
Después - él sabía muy bien lo que tenía que hacer – ingresaría nuevamente a la cocina que estaría muy abrigada y caliente a causa de la leña prendida y, procedería a "baldearla". Eso lo hacía todos los días. Su piso era de tierra y siempre le lanzaba un poco de agua y la barría hasta no ver ningún rastro de migas de pan o de alguna cáscara de papa.
Allí se quedaba hasta las once de la mañana, hora en que se tomaba un mate y se disponía a cocinar un plato liviano que a las doce se serviría. Se acompañaba de una pequeña radio a pila que su hijo le había regalado. Su música preferida a esa hora de la mañana eran canciones de su tiempo de juventud. Boleros, canciones de Mujica, Libertad Lamarque y también algunas rancheras mejicanas.
Después de almuerzo se iba a sentar en una pequeña banca que tenía a la salida de su casa. Allí en la vereda y contemplaba a la gente pasar, algunos jóvenes que esperaban una contratación para trabajar en el aserradero que había por allí cerca y otros en la planta de CELCO (Celulosa Arauco y Constitución).
Ese día – él lo sabía – no podría sentarse a reposar el almuerzo en su banquillo. La lluvia era muy cerrada y copiosa.
Sacó unas pocas brasas de la cocina y las puso en el brasero para calentar su dormitorio. Allí se tomó otro mate mientras se disponía a escuchar las noticias en su viejo radio transistor. Era un R.C.A.
Por la tarde recibió la visita de don Manuel. Era un viejo gordo lleno de noticias del sector y que, además, era un ex dirigente del campamento. Andaba escondiéndose de alguien. Eso no le quedó claro a Roberto que sabía que hace unos meses había tenido que viajar a Talca y que después había estado en Santiago. Tampoco le quedó claro las razones de las muchas preguntas que le hizo sobre Jacinto: dónde vendía el carbón, quién se lo compraba y muchas otras preguntas más.
¡Lo que pasa, amigo Roberto – le dijo – es que dicen que andan por aquí algunos extremistas escondidos y hay que tener mucho cuidado!
¡Ah! – le dijo Roberto – yo se nada de esos vellacos porque paso casi todo el día encerrado.
¡Pero, dígame don "Rober"! ¿Ha visto por aquí gente nueva? – preguntó el gigantón.
¡No! La verdad es que a nadie recuerdo...¡Ah! sí uno medio rucio que alcancé a ver el otro día parado frente a la mercería y que me saludó muy amablemente – respondió Roberto.
Y, ¿Cómo era el hombre? – insistió el vecino gordo.
Se veía una buena persona y se llevó varios clavos de los grandes, como cuatro kilos y dos madejas de cordel grueso – respondió recordando el viejo Roberto.-
¡Ahí está! – exclamó su interrogador gordo.
¡Ese es uno de los extremistas que andan por aquí!
Roberto que no entendía nada, le preguntó:
¡Dígame amigo! ¿Cómo le fue en la capital? Porque, según me contaron usted anduvo unos meses por allá.
Manuel, con su metro setenta y ocho de estatura y sus ciento treinta kilos, se revolvió en el improvisado cajón donde se había acomodado y le dijo:
¡Bien! ¡Bien! Estuve haciendo unos negocios por allá pero no me fue muy bien.
¡Ah! Dijo Roberto a modo de respuesta.
Roberto se quedó mirándole con el ceño fruncido.
La gente – dijo - por acá comenta que usted se hizo amigo de los militares y que venía con un cargo mas o menos importante....
¡No! Bueno, la verdad es que sí. Me dieron la misión de informar cómo vivimos nosotros y cuáles son nuestras necesidades.
Je-je-je – rió entredientes – usted sabe que nosotros estamos casi en la plena cordillera y vivimos rodeados de bosques....."oro verde" le llaman.
¡Sí! – dijo Roberto un poco extrañado...¿a quién le importaría si nos falta algo por allá en la capital?
Y el gordo Manuel volvió al ataque.
Lo que pasa es que ahora como hay un gobierno que no es de políticos que andan puro prometiendo por ahí cuando vienen las campañas....ahora el general que gobierna mandó a todos a una gran campaña. ¡Reconstruir nuestra patria!
Y, él está muy preocupado de nosotros que vivimos tan "re´lejos".
Imagínese nosotros aquí somos como trescientas personas en el campamento...¿qué haríamos si vienen los extremistas y los comunistas a quitarnos nuestras cositas?
¡Dígame! ¿Qué haría un viejo solo y patuleco como usted?
¡Bueno don Rober! ¡Cualquier cosa me avisa! ¿De acuerdo? – dijo a modo de despedida el gordo.
Bueno, bueno – dijo intrigado Roberto
Entonces, ¡En eso quedamos! – Dijo contento el gigantón. ¡Usted me manda llamar y estaré para defenderlo de los comunistas y extremistas badulaques!
¡Buenas tardes! Don Rober...
¡Buenas tardes! – Respondió Roberto mientras el vecino gordo transponía el umbral de la puerta que daba al patio.
Por la tarde, mientras estaba parado junto a su ventana, vio pasar a Jacinto que iba muy bien cubierto y abrigado de la lluvia y del frío.
¡Así que eres comunista carajo! – exclamó.-
Allí se quedó con la vista fija en la carreta de bueyes que le seguía cargada con sacos de carbón que iría a vender al pueblo al día siguiente.
La ampolleta que desparramaba la luz en toda la pieza permitió que viera su rostro arrugado, delgado y de unos pocos pelos canosos reflejado en el cristal de la ventana.
Eso fue como el golpe mágico porque poco a poco vio cómo se desvanecía su rostro del cristal. Los pocos pelos blancos que cubrían su ya muy avanzada calvicie, comenzaron a cobrar color. Se vistieron de negro y observó cómo, poco a poco, su cabeza se cubría de un pelo negro, liso y grueso. Su cara también se fue transformando. La línea de sus arrugas que marcaban el tiempo en el mapa de su cara cual meridianos y paralelos, se fueron extinguiendo para lograr ver nuevamente su rostro juvenil.
Sí. Allí estaba frente al cristal, peinándose porque debía ir al hospital del pueblo para conocer a su hijo, el Rubén que había nacido hace dos días. Nació un martes en la tarde y el aviso le llegó al campamento donde estaba talando un bosque, el miércoles al mediodía.
Estaba allí pasándose una peineta colectiva sobre el grueso y tieso cabello para que su hijo conociera a su padre y no se asustara al verle despeinado.
El jueves había visitas en el hospital de tres a cuatro de la tarde.
Estaba feliz. Había sido papá.
Bajó del campamento en un camión cargado de troncos de pino para llegar a su casa paterna después de tres horas de viaje por caminos llenos de barro, entre tupidos y oscuros bosques.
Su madre le esperaba con ropa limpia y un cajón de madera de roble, muy grande que simulaba ser una bañera que estaba muy bien sellada, se dio un baño de agua caliente que su madre le preparó en cuatro fondos en la cocina a leña. Ella era la más contenta de su primer nieto. Ella tenía muchos regalos para el "Rudencito" - como le decía – tres pares de calcetines celestes, unos pantaloncitos y chalecos del mismo color que ella misma había tejido para su nietecito.
¡Es bien morenito! – decía riendo
¡Salió con harto pelo! ¡Igual que tú!
¡Si cuando lo vi, me acordé cuando nació mi príncipe!
Eso fue allá en Vilches ¿te acuerdas?
¡Sí mamá! – respondió Roberto.-
¡Esa historia me la has contado varias veces!
¡Por Dios Santo! ¡Que la sufrí con mi niño! – continuaba su madre con los recuerdos.
Si tu padre tuvo que salir de noche muy cerrada para ir a buscar a doña Julieta para que me ayudara con el parto. Tu padre se portó como un rey porque atizó el fuego y calentó una olla grande con agua para lavar al recién nacido.
¡Parecías un tizón de espino!
¡Hubieras visto la cara de tu padre cuando te vio! Si es tan bruto, pero mi niño le quitó todo lo de bruto que tenía.
¡Lo hubieras visto hijo!
Sus ojos estaban brillantes y sus toscas manos llenas de cayos se convirtieron en la suavidad de una flor de pensamiento y te besaba como si fueras mariposa de espuma. Poco le duró porque después me lo pasó a mí diciendo:
¡Los niños son cosas de mujeres y no de hombres!
Pero, igual le hiciste aflorar la ternura.
¿Irá a pasar igual con usted mijo?
¡Tiene que ser atento con su señora y muy delicado!
¡Mire que nosotras quedamos muy resentidas y regalonas!
¡Tiene que seguir siendo cariñoso con ella!
¡No la deje nunca de lado! ¿Me oyó hijo? – decía cariñosa y orgullosa su madre.-
¡Sí! Mamá, aunque sea feito mi hijo la querré siempre igual a ella – respondió Roberto.- y agregó muy seguro:
¡No olvide el discurso que dije, cuando me la entregó mi suegro, don Ernesto!
Estaba en la sala del hospital que su señora, compartía con cuatro señoras que también estaban amamantando a sus críos con caras de felicidad y llenas de orgullo.
Allí estaba la Ester que había sido compañera en la escuelita que estaba en el bajo del campamento. Estaba gorda y llena de manchas en su cara. La comparaba con su María que tenía su cara un poco hinchada y una ojeras de color café. No estaba tan gorda como la Ester.
Se veía feliz. Y tenía a Rubén acomodado en su brazo izquierdo pegado a su pecho. Solo se le veía su cabeza y parte de su cara.
¡Bien peluo´salió el carajo! – dijo.-
¡Sí! – dijo la madre del recién nacido – ¡Fíjate en su perfil! ¡Es igual a ti! ¡Igualito!
Él era hombre y los hombres no deben expresar sus sentimientos ante los demás. Así se lo había enseñado su padre. Los hombres no lloran. Se lo había repetido muchas veces su abuela y también el Teniente cuando lo vio un día en su camarote llorando a escondidas y en silencio porque echaba de menos el campo, los bosques y la seguridad de la tierra firme.
Los hombres no lloran. No pueden llorar. Las mujeres son las sentimentales, los hombres no.
Allí estaba, con su corazón que quería arrancarse por lo acelerado que estaba. Entre sus manos tenía el infaltable gorro de lana que estrujaba con frenesí sin darse cuenta. Se lo había sacado para disimular el movimiento de su mano derecha que enjugó dos lágrimas de emoción que se habían escapado de sus negros y redondos ojos que, cuando se cerraban se cubrían con unas pobladas pestañas largas y tiesas.
¡Lindo el carajo! – dijo después.
¡Se parece a ti también! – decía al mismo tiempo que pasaba parte de las barreras del machismo del duro leñador para acariciar el antebrazo derecho de su mujer.
¡Lindo! ¡Igualito a su abuelo!
Se sintió débil de machismo y se inclinó para besar a su compañera y a su hijo que, emitía sonoros ruidos al chupar el pezón de su madre.
Después reparó que había dejado el ramo de copihues blancos y rojos que había cortado en el camino y se los entregó a su suegra para que los pusiera en un frasco de vidrio que estaba sobre un rústico velador de color blanco.


¡Los traje para mi reina que me hizo papá y que me regaló un lindo varón! – dijo tímido al mismo tiempo que se los entregaba a su suegra para que los desempaquetara.
Los golpes insistentes y fuertes en la puerta le hicieron voltear.
¡Roberto! ¡Roberto! ¡Abre por favor!
Se dirigió a la puerta y abrió.
Era Jacinto que venía con cara de susto y todo mojado.
¿Qué pasa? ¡Mira la cara que tienes!
¡Don Roberto!
¿Qué anda diciendo usted por ahí?
¿Cómo? – preguntó Roberto extrañado.
¡Sí pues amigo!
¿No ve que el gordo Manuel me mandó ir a los carabineros del pueblo?
¿Qué? ¿Por qué? ¿Qué hiciste Jacinto? – preguntó Roberto
¿Qué voy a saber yo?
¡Si todo el día me la paso en el bosque y en el quemador haciendo carbón!
¡Fíjese que la gente se aparta de mí ahora!
¿Qué veneno anda vendiendo ese gordo? – preguntó Jacinto con su cara más calmada.-
Me dijeron que está contratado por los de la Junta Militar, para decir quienes son comunistas y extremistas y, quienes se ríen y hablan mal de ese general de gafas oscuras.
Incluso, dicen que tiene un re´buen sueldo.
Doña Clarisa me dijo que era un soplón, de esos civiles como la gestapo que andan tomando gente y nadie sabe más de ellos. No sé hasta qué punto eso es cierto. Eso es lo que dicen por ahí.
Roberto, afirmándose en el dintel de su puerta, dijo en forma solemne:
¡Dime! ¡Carajo!
¡Jura por nuestra bandera que dirás la verdad!
¿Eres uno de esos extremistas comunistas?
¡Don Roberto! – exclamó más asustado aún Jacinto - ¿Cómo se le ocurre? Esos queman neumáticos en las calles y tienen armas modernas. Yo solo quemo palos de espino para hacer carbón y tengo una carabina que me sirve pa´cazar los patos y poder comer y nada más. ¿Cómo se le ocurre?
¿Me lo juras por la bandera y por la Virgen del Carmen, Jacinto? – volvió a preguntar Roberto.
¡Se lo juro por la Bandera, por la Virgencita del Carmen y también por Diosito Santo!
Entonces, carajo: ¡Entra y pasa la noche allá en la cocina! – dijo Roberto.-.
¡Todavía quedan brasas! ¡Atiza un poco más el fuego, así no pasarás frío!
¡Gracias don Roberto! – contestó con su rostro lleno de alegría y alivio Jacinto.
¡Yo sabía que usted tiene buen corazón! – agregó al mismo tiempo que ingresaba a la vieja casa colorada.
En la mañana del día siguiente ambos se encontraron en la cocina.
Jacinto, ya tenía prendido el fuego y el agua caliente para el desayuno.
La conversación se centró en Rubén, que hacía seis meses estaba trabajando en la construcción en la capital.
Hace tres semanas el Sigisfredo me leyó la carta de mi hijo. Me dijo que estaban construyendo unos galpones para unos señores ricos allá en Las Condes y que, cuando se termine la "peguita" vendría para acá.
¡Está igualito a usté´don Roberto! – dijo a modo de cumplido Jacinto.
¡Buena para la pega y harto responsable el cabro pues!
¡Sí! – dijo orgulloso Roberto.
Es maestro carpintero y, de los buenos. Antes que le saliera la "peguita" en la capital, hizo unos muebles para las oficinas del nuevo aserradero.
¡Claro! – acotó Jacinto.
¡Dicen que le quedaron harto lindos!
¡Sí! – dijo Roberto. Hasta acá llegaron los comentarios. Incluso de Constitución le habían llamado otros patrones para que le hiciera unos closet. Pero, es muy aventurero y se fue para la Capital. Allá tiene más posibilidades. Eso dicen.
Allá está muy fregá´la cosa don Roberto. Dicen que hay muchos tiroteos y que apagan las luces temprano y la gente no puede andar en las calles después de las nueve de la noche.
¡Eso lo dicen los comunistas no más para meternos susto! – interrumpió Roberto
¡No!. Es verdad – atropelló Jacinto.- ¡Mañana le voy a traer mi tele con la batería para que sepa bien cómo están las cosas!
¿Mañana? – preguntó Roberto que no tenía en mente seguir dándole techo y refugio a Jacinto.
¡Sí! ¡Si quiere se la traigo esta misma noche!
Roberto se quedó pensativo. No quería seguir teniendo a Jacinto en su casa por lo que decían de él pero, el tener un televisor en su casa le entusiasmó.
¡Bueno! ¡Tráigalo esta misma tarde cuando se oscurezca!
¡Eso! – dijo Jacinto con sus ojos llenos de ilusión.
¡Esta misma tarde se lo traeré!
¡Ah! Y también tiene una radio incorporada para escuchar noticias de afuera. En onda corta se pueden escuchar radios hasta de Japón.
¿Onda qué? – preguntó Roberto
¡Onda corta! Don Roberto.
¡Usted verá! ¡Usted verá!
Y podrá escuchar tangos, tangos. Directo de Argentina
¿Qué le parece?
Y, Roberto haciendo un gesto con su mano para que se fuera luego, quedó pensativo y se preguntó con mucha ingenuidad: ¿Cómo serán los tangos que se escuchan directos de Argentina?
Estaba nervioso. El viejo reloj señalaba las ocho de la noche y todavía estaba en pie.
Esperaba a Jacinto que le trajera el televisor y la radio.
Sintió unos golpes fuertes en la puerta y salió presuroso para recibir a Jacinto.
Se llevó una tremenda sorpresa. Era el gordo Manuel quien golpeaba con insistencia.
¡Don Roberto! ¿Cómo está? – preguntó el gordo a modo de saludo.-
¡Tan tarde! ¿Aún está de pie? – continuó el gordo con voz excitada por la adrenalina.
¿Qué tiene que esté de pie a esta hora?
Espero a Jacinto que me va a traer una cositas – respondió confundido Roberto
¡Ah! – exclamó el gordo a eso venía precisamente yo. Jacinto no podrá venir porque tuvo que viajar a Talca.
¿Sabía usted de ese viaje? – volvió a preguntar el vecino gordo.
A Roberto, el gordo Manuel le comenzó a desagradar. Venía pasado a vino y sus ojos los tenía un poco vidriosos.
¡Nada sabía del viaje a Talca! – respondió el anciano y enfermo Roberto.
¡Dígame Manuel!
¿Es cierto eso que andan diciendo de usted?
¡Qué me importa lo que digan de mí! – dijo desafiante el gordo. ¡Lo que hablan, lo dicen los comunistas hocicones! ¿Usted se pasó para el otro bando? – preguntó el gordo poniendo su dedo índice sobre el pecho de Roberto al mismo tiempo que le intimidaba.-
¡Acuérdese que usted hizo un juramento a la patria y a la bandera!
¡No se olvide de eso amigo! ¡No se olvide!
¡Mire! – agregó con tono paternal y protector.
¡Para que vea que todo lo que dicen por ahí son mentiras y no soy tan malo, le traje un encargo del Jacinto!
Acto seguido desapareció del dintel de la puerta y regresó con dos cajas.
¡Aquí tiene! ¡Esto me encargó el Jacinto que le entregara!
¡Tómelo como un regalo porque no creo que él regrese por acá!
¡Tal vez nunca más lo vuelva a ver! ¿Me entiende viejo?
Y, se los dejó allí. Justo a sus pies para que Roberto los llevara al interior de su vieja casa colorada.
¡Tal vez nunca más regrese por acá! Volvió a decir lanzando una risa al aire mientras volvía sus pasos a la calle, cubriendo los cinco metros que separaban la puerta de ingreso a la vieja casa colorada de la puerta de calle.
Roberto cerrando la puerta y con unas lágrimas de impotencia en sus ojos dijo:
¡Maldito traidor!
¡Eres un carajo!
Eso. ¡Eres un maldito carajo!.
Pasaron dos días hasta que consiguió que el hijo de la señora Vilma, la compañera de Pedro viniera a su casa para que le enseñara cómo instalar la nueva tecnología que tenía envuelta en un par de cajas de cartón.
En el campamento tenía luz eléctrica hasta las diez y media de la noche, así es que la batería pasó a ser el elemento más importante para poder ver el televisor a la hora de las noticias.
Abelino - el hijo de Vilma - en un dos por tres le instaló todo en su dormitorio. Roberto parecía un niño al ver las imágenes en blanco y negro de un pequeño televisor que – no podía entender cómo podía tener una radio incluida – tenía dos pequeñas antenas que formaban una V.
Se fue el joven y allí quedó Roberto. Con las imágenes del televisor y con el recuerdo de Jacinto que, según el gordo Manuel no volvería nunca más por allí.
Tenía que apretar un botón y el televisor se apagaba. No tenía que dar vueltas a una perilla que estaba rodeada de números para ver y escuchar la T.V., había un solo canal que era Televisión Nacional de Chile. Le dio mucho gusto ver los dibujos animados del gato y el ratón.
¡Pobre gato! – decía - siempre pierde.
Luego ofrecieron una teleserie para mujeres y allí apagó el televisor.
Caminó al otro extremo de su dormitorio y, desde allí observó la maravilla que tenía ante sí.
Si mi viejita estuviera viva, seguro que se la pasaría todo el día viendo la ventanita chica de ese aparato. Suspiró y fue a la cocina para preparar su brasero y un mate, para luego instalarse a ver la televisión.
En la pieza de la cocina, se encontró con un pequeño sobre que estaba puesto disimuladamente cerca del cajón donde ponía el servicio. Decía para don Roberto. Así para don Roberto.
No podía leer bien a causa de su avanzada ceguera del ojo izquierdo, pero sí sabía distinguir y leer muy bien su nombre.
Lo abrió y dentro del sobre había unos billetes, de esos nuevos, de a peso. Eran billetes de cinco y de diez Los contó. Doscientos diez pesos. Toda una fortuna. Con sus manos temblorosas tomó el papel que decía:
"Querido amigo yo sé lo que me espera con ese viejo maricón que anda detrás de mis pasos. Me va a llevar donde los de inteligencia militar y me van a interrogar. Si no vuelvo nunca más por allá haga cuenta que mi equipo de televisión y radio se lo regalé. Y le dejo una platita para que tenga para vivir bien y deje un poco para enterrar mis huesos allá arriba usted sabe donde, en el cementerio viejo que está cerca de la caída de agua"
Se despide s.s.s
Jacinto
Cerró la carta y se sentó con la vista perdida en un salero grande que había comprado con su viejita en la feria del pueblo, allá en Constitución. El salero se fue esfumando a medida que las lágrimas inundaban los hundidos ojos del viejo de la casa colorada.
Hacía tiempo que no sentía angustia por haber perdido a alguien. Eso le causaba la ausencia y suerte de Jacinto.
¿Quién le llevaría hasta la carretera para pagarse?
Con esa inquietud encaminó sus pasos a la casa sin antes pasar un alambre por los fierros que antes habían sostenido un lustroso candado para dejar bien cerrada la cocina.
Hacía frío. La noche ya se había cerrado. Eran las ocho menos un cuarto de la noche. Eso marcaba el viejo y fiel reloj en el velador.
Encendió su vieja radio y por su pequeño parlante escuchó una vieja zamba:
Lloraré, lloraré, lloraré toda la vida,
si la que, si la que, si la que amo tiene dueño
Lloraré, lloraré, lloraré en un silencio profundo
lloraré, lloraré solo y triste en este mundo
Cuando la muerte me lleve por su camino de sombra
el viento te ha de traer en esta zamba que te nombra.
Lloraré, lloraré, lloraré solo y triste en este mundo...
Tomó su mate que había preparado y sin pensarlo dos veces, fue al ropero y de allí sacó una botella de coñac – para él muy fino – "Tres Palos" y vertió una tapa llena del mágico líquido que le ayudaría a olvidar la pena.
El tiempo se le hizo lento. Esperaba que el reloj señalara las nueve de la noche.
Todo estaba listo. Apretó un botón de la nueva tecnología y apareció la imagen de un caballero que comenzaba con las noticias.
Allí vio al general con uniforme de gala, de color blanco y con lentes oscuros en una visitada un pueblo del sur. Había muchas banderas chilenas y, mucha gente que le aplaudía y movía sus banderas. Vio a muchos niños de colegios que se apretaban por ver y tocar al general salvador.
Después pasaron unas noticias de la captura y enfrentamiento de unos extremistas con efectivos de seguridad. Cinco murieron, tres quedaron gravemente heridos y dos se salvaron y fueron pasados a la corte marcial. Dieron la lista de los fallecidos, de los heridos y de los dos que se salvaron y que – según el noticiero – irían a la cárcel:
"Fue aprehendido Eduardo Cailleo Trahuin, un repartidor de diarios de chapa Lalo y Rubén González Lagos un trabajador de construcción y de profesión carpintero cuya chapa es "El leñador". Según versiones oficiales, este último habría viajado especialmente, el mes pasado, desde el sur donde se preparó en una escuela de guerrilleros en los faldeos de la cordillera de Nahuelbuta.
Ambos serán puestos a disposición de la fiscalía militar por asociación ilícita y porte ilegal de armas. Este es el noveno golpe que sufre el MIR por parte de los efectivos de seguridad. El supremo gobierno invita a todos los compatriotas a denunciar a estos elementos que buscan la destrucción nacional y están en contra del empeño del supremo gobierno de volver a reconstruir nuestra patria."
Por otra parte, en el exterior un transbordador se hundió en China debido a al sobrepeso y a una mala estiba de su carga, las víctimas superan el número de .......
Y no pudo seguir escuchando más. Era su hijo el que había sido tomado preso. Su Rubencito que estaba quizá donde sufriendo...
¡Él no es extremista! ¡Mi hijo no es comunista!
¡Malditos mentirosos! – gritaba.-
¡No es guerrillero y no viajó el mes pasado a la capital! – decía casi llorando de impotencia.-
¡Malditos mentirosos! – decía con sus dos manos en la cara.- ¡Malditos carajos!
¡Jacinto tenía razón!
¡Maldito carajos!
¡Carajos de mierda!
¡Mi hijo! ¿Por qué con mi hijo?
Con impotencia y su voz enronquecida comenzó a gritar y llamar:
¡Rubén! ¡Hijo mío! ¡Rubencito!
¡Malditos militares mentirosos y carajos del demonio!
Todo comenzó a dar vueltas en su pieza, el aire comenzó a faltar en sus ya gastados pulmones .Poco a poco se fue quedando dormido, recostado sobre la cubrecama a cuadros que había tejido su viejita y con unas fotos de su hijo y de su viejita – que había tomado del velador - entre sus manos.
Abelino, movido por la curiosidad, dos días después, fue a visitar al viejo Roberto para saber si había tenido problemas con el televisor.
Él fue quien dio aviso por radio a los carabineros que se demoraron como seis horas en llegar al campamento de leñadores y derribar la puerta para encontrar al viejo envuelto con una cubrecama a cuadros y las fotos de su hijo y de su viejita apretadas entre sus manos frías y tiesas que nunca más volverían a preparar un mate ni atizar el fuego de la cocina.
En la vieja casa colorada solo quedó viviendo el pequeño ratón que entretenía a Roberto por las noches, con sus pasos livianos y rápidos cuando corría, a oscuras, en dirección del velador para coger alguna miga de pan y llevarlo raudamente a su esquina, detrás del viejo baúl de recuerdos.
Fue sepultado en el viejo cementerio. Allá arriba, cerca de la caída de agua.

LA MAESTRA

Estaba con ambos codos apoyados sobre la mesa, junto a su hija que, tras grandes esfuerzos, lograba dar cierta forma a una figura en plasticina, que debía colocar en un pequeño armazón de alambre que simulaba una figura humana.
¡Fíjate bien! – dice su madre con paciencia – ¡La cabeza está muy pequeña en relación al resto del cuerpo!
¡Puchas! ¡No puedo! – Refunfuña la pequeña de ocho años con ansiedad por terminar luego su tarea e ir a jugar con sus amigas.
¡Hija! ¡Dime! ¿Hay algo que cueste poco en esta vida? – Preguntó su madre con sabiduría, sabiendo lo tanto que le había costado la suya.
Valentina se encogió de hombros.
Era una pregunta demasiado grande y complicada para ella.
¡No sé! – contestó con una mirada cansada y con un lápiz entre sus dientes, que le costó un pequeño golpe en el dorso de su mano derecha.
¡Ah! ¡No haré nada más! – Dijo la pequeña Valentina con aires revolucionarios y ceño fruncido.
¡Más, encima me pegas! – alegó molesta por la corrección de su madre pues, tiene la mala costumbre de morder el extremo superior de los lápices.-
¡Me da rabia! – siguió alegando - ¡La profesora de ciencias cree que es el único ramo y nos da tremendos trabajos!
¡Ya! ¡Ya! – Reconvino su madre con un tono más suave.
¡Es poco lo que falta para terminar!
¡Mira! ¡Es la pura cabeza! ¡Nada más!
¡Tú puedes! – insistió con vehemencia, para que su pequeña Valentina terminase luego su tarea, pues la espalda le dolía sobremanera producto del cansancio de estar gran parte del día de píe en una sala de clases.
¡Eso! ¡Así está bien! – le decía acariciando los largos y limpios cabellos ondulados de su hija que eran de un color negro azabache.
¿Ves, que puedes? – insistió la madre con una sonrisa, confirmando y destacando la capacidad, tesón y talento de su hija.
¡La profesora va a pensar que lo hice yo! – dijo a modo de piropo, mientras se acomodaba en la silla al lado de su hija.
Valentina, ahora, nada le decía. Estaba absorta en su trabajo que, sabía le estaba quedando bien.
Las pequeñas e inocentes manos, se movían en forma ansiosa para quitar cualquier detalle de su "obra de arte".
Estaba satisfecha. Todo su cuerpo así lo manifestaba.
Inclinaba su cabeza de un lado para otro en la medida que, ella, miraba su pequeña obra desde distintos ángulos para asegurarse que no había olvidado ningún detalle. La proporción de las orejas, el mentón, la nariz, la simetría de los ojos que tanto le costó y fue causa que, cuatro veces tomara la cabeza de ese pequeño cuerpo humano, simulado en plasticina, y lo hiciera una bola entre sus diminutos, delgados y blancos dedos.
¡Ya! – dijo satisfecha - ¡Ahora sí!
¡Mira, mamita! ¡Que lindo me quedó!
Se había parado de su asiento y a unos cincuenta centímetros de la mesa, indicaba la obra a su mamá que estaba guardando el resto de la plasticina en su caja original.
¡Sí! ¡Te quedó precioso! – respondió su madre con dos grandes ojeras bajo sus párpados producto de la jornada del día.
¡Te felicito! ¡Te pondrá un siete la profesora!
La pequeña Valentina, preguntó inocente: ¿Cuánto habrá demorado Diosito en hacerme la cara mamita?
Su madre hizo un gesto con su mano derecha, como queriendo decir que demoró mucho tiempo y luego dijo:
¿Con usted, mi pequeña princesa? ¡Nada! ¡Salió preciosa a la primera!
Valentina, tomando su trabajo que le demandó un buen tiempo, se dirigió a la mesa del living para que su papá, cuando llegara, lo viera.
¡Ojalá que a mi papito le guste! – dijo orgullosa y soñadora.
¡Por supuesto! – acotó su madre - ¡Quedará impresionado y encantado de tu arte!
¡Voy a jugar con la Meli en la casa de la Romi! – anunció la pequeña, mientras salía presurosa y cerraba la puerta que daba al jardín.
Verónica, no alcanzó a decir nada más porque, entre correr tras su hija que había traspuesto la puerta del living hacia el exterior, y contestar el teléfono; optó por lo segundo.
¡Aló! – dijo anunciando su presencia por el auricular.
¡Ah! ¡Hola, Rebeca! ¿Cómo estás?
¡Uff! ¡Imagínate! – continuó después de escuchar un par de minutos la acción catártica de su amiga y apoderada de Alejandra - compañera de su hija – a través del teléfono.
¡Recién terminó de hacer la figura humana! ¡Recién! – repitió elevando el tono de su voz y agudizándola aún más, para magnificar el tiempo y esfuerzo que demandó hacer el trabajo a Valentina.
¡No te puedo creer! – volvió a exclamar hablando para adentro, al mismo tiempo que se acomodaba para comenzar a hablar de las capacidades de su pequeña y talentosa hija.
¡Ella lo hizo sola! ¡Sooola! – volvió a repetir elevando el volumen de su voz y alargando la primera vocal.
¡Alegaba hasta por los codos! – contaba a su amiga, mientras se miraba las uñas de sus manos que, entre las yemas y el calcio endurecido, tenían trozos de plasticina atrapados y daban una impresión de falta de higiene y cuidado.
¡Es igual a su padre! ¡Alega y alega! ¡Al final, igual hace las cosas pero...!.¡Sí! ¡Sí.!..¡Ahhh...!
¡Mira! – decía con el teléfono entre barbilla y hombro, mientras ya había iniciado la tarea de limpiar sus uñas – ¡Total después toman el ritmo del estudio y la responsabilidad de hacer solitas sus tareas....!
¡Ahá! ¡Sí ¡Ahá! – decía mientras revisaba la uña del dedo meñique de su mano izquierda.
¡Ya! Monosilabeaba por el auricular, a medida que su amiga Rebeca le confiaba actitudes y dificultades de Alejandra, con cierto dejo de frustración al comparar a su hija, con la hija de su amiga Verónica.
En esos momentos, Verónica dejó de escuchar la catarsis de su amiga y ...

Estaba inclinada sobre una pequeña vertiente bebiendo, con ansias y rapidez, el agua que veloz se escurría por entre sus pequeñas manos.
Eran las cinco de la tarde y, su corazón agitado por la carrera – para probar quien llegaba primero a la vertiente entre sus cuatro compañeros – le impedía respirar bien a medida que el ansiado, frío y cristalino líquido ingresaba por su delgada tráquea.
Venían de regreso de la escuela. Ya habían caminado tres de las cinco horas que demoraban en llegar a casa.
¡Estaba rica la leche con las galletas! – comentó Jorge, su compañero, de cara colorada por las heladas matutinas, mientras se secaba las manos en su único pantalón de mezclilla.
¡Sí – agregó riendo de una maldad que recordó la pequeña Maruja.-
¡A la señorita le dije que no me había repetido las galletas y me dio seis más!
¡Aquí las tengo! – dijo llevando sus pequeñas manos, de uñas negras, al bolso de género donde llevaba dos cuadernos y un par de lápices.-
¡Se las llevo a mi hermanito Julián! ¡Le gustan mucho y siempre me pide!
¡Pobrecito! Se pone a llorar cuando no le llevo unas galletitas.
¡Es más re´llorón tu hermano! – dijo Esteban secándose la cara con el dorso de su mano. Llora por cualquier "custión".
¡Es chiquitito! – dijo la Maruja en defensa de su pequeño hermanito.
¡Vamos! – interrumpió Verónica - ¡Tengo que ayudar a mi mamá a sacarle leche a las vacas!
¡Vamos! – Dijeron todos casi al unísono y siguieron su regreso entre risas y brincos por el campo y cercas.
Rebeca, seguía hablando por el teléfono de sus tres hijos y de su esposo, con el cual llevaban nueve meses separados.
Verónica tenía una gran preocupación.
El profesor, le había dado la tarea de dibujar un paisaje.
Debía pintar hojas amarillas y tenía pocos lápices de colores. Le faltaba el amarillo, el azul y el verde. El estuche, con los pocos lápices que tenía, se le había quedado en la escuela, debajo del banco.
Estaba vigilando la leche que "soltó" el hervor y miró a través del vidrio de la cocina –estaba roto en la esquina izquierda de abajo y por donde entraba frío – al sentir que llegaba su papá con la moto sierra al hombro.
Todas las tardes eran iguales.
Ella, llegaba primero y después su papá con las botas llenas de barro, su pelo lleno de aserrín, su chaleco azul con los puños casi negros y un par de bolsos con dihueñes o castañas para cocer. Otros días llegaba con harina tostada para el desayuno y el almuerzo.
Llegaba su papá y siempre la hacía volar por sobre sus hombros.
La lanzaba al aire y la recogía asiéndola bajo sus axilas.
Llegaba con olor a humo, a madera. A veces con olor a vino.
Usaba unos pantalones con suspensores anchos. Eran del Tatita Lucas. El se los regaló cuando su papá estuvo de cumpleaños.
Suspiraba profundo, como tratando de acomodar sus pulmones y su estómago donde siempre, porque su papá – cuando la levantaba - creía que ella era un tronco más.
Medía cerca de un metro y ochenta centímetros. Parecía un oso.
No le hablaba mucho. Sabía que su papá la quería. Se sabía regalona de su padre, pero le tenía miedo. Tal vez era por el porte, porque era muy alto para ella o, tal vez, era por su voz que era muy fuerte y ronca.
Todas las tardes eran iguales.
Su mamá le servía la comida y ella le calentaba el mate en el brasero.
Después de la comida se tomaba un mate con leche recién ordeñada.
Ella se lo preparaba mientras su mamá, afuera a todo el frío, lavaba los platos.
Después el papá conectaba la batería y encendía la luz de la cocina donde ella tenía su pequeño escritorio.
Allí hacía las tareas. Sus padres solo la miraban porque no sabían leer ni escribir.
Con ella aprendían poco a poco. Ella era su profesora.
Tenía ocho años cuando comenzó a hacer clases en la escuela de su hogar.
Tenía dos alumnos: una de manos mojadas de tanto amasar y lavar, el otro de manos toscas de tanto cortar y talar.
Tenía dos alumnos y todas las tardes eran iguales.
Verónica, estaba aprendiendo a multiplicar. Ya se sabía la tabla del cuatro.
Esa le costó mucho a su mamá.
Ella reía y siempre se tapaba la boca porque le faltaban dos dientes.
Verónica, miraba su mamá y le daba un poco de pena.
Entre sumas y multiplicaciones - la pequeña - prometió trabajar para que, cuando fuera el dentista a la escuela, su mamá se arreglara los dientes.
Tenía dos alumnos y todas las tares eran iguales.

No tenía lápices de color. Tenía que dibujar un paisaje.
En silencio y, a escondidas, comenzó a gastar, en las puntas, unos pequeños trozos de leña quemados.
Su ingenio y paciencia se vieron premiados. Con esos pequeños palos quemados, a modo de lápiz, comenzó a trazar unas líneas que, poco a poco, dieron paso a unos árboles y arbustos.
Perdió dos hojas de dibujo hasta quedar satisfecha con el trabajo.
¡Había realizado su tarea!
Sus padres, llenos de impotencia por la lejanía del pueblo más cercano, vieron asombrados cómo su pequeña "maestra" había solucionado el problema y cumplido con su tarea.
Claro que, ellos, no supieron cuánto esfuerzo y cuidado le demandó llegar a la pequeña y distante escuela con la hoja de su dibujo intacta porque, a medio camino, tuvo que esconderse bajo unos árboles - junto a sus cuatro compañeros - de un chubasco intensísimo que duró cerca de media hora.
No supieron de la cara que puso su pequeña maestra, cuando el profesor que tenía cuatro cursos en la misma sala – con un total de dieciocho alumnos – le pidió la tarea.
¡Señor! – dijo muy queda y temerosa - ¡No tenía lápices en casa!
¿Cómo? – preguntó el profesor.
¿Hiciste la tarea Verónica?
¡Sí señor! – contestó ella – Pero tuve que dibujar con unos palitos quemados hechos carbón, porque ayer olvidé llevarme el estuche y se me quedó bajo el banco.
El profesor, un hombre delgado y de pelo corto y tieso, de cara dura pero muy bonachón, exclamó en voz alta:
¡Bendito olvido Verónica!
¡Miren niños! ¡Miren! – dijo con la hoja de block en alto.-
¡Su compañera hizo el trabajo con unos palitos quemados hecho carbón!
¡Miren! – volvió a insistir.-
¡Esto se llama creatividad! ¡Esto se llama responsabilidad!
Y, acercándose más a la pequeña niña que, muy limpia y bien peinada, lo miraba con sus ojos brillantes por la emoción y por el susto, le dijo:
¡Tú, llegarás muy lejos!
E insistió, usando un tono de voz más grave: ¡Triunfarás en la vida!
Sus padres, cuando fueron a buscar la libreta de notas al fin del año escolar, se encontraron con la sorpresa que, el dibujo hecho con carbón de su pequeña maestra, ocupaba el primer lugar en una exposición que montó el profesor a la entrada de la escuela.
"La Maestra" le decían sus compañeros cuando cursaba el sexto año básico.
Ella era de pocas palabras. En su interior libaba el sacrificio de sus padres y las palabras del profesor: ¡Triunfarás en la vida! ¡Llegarás muy lejos!
Vivía en el sur, al interior de Temuco, entre bosques y copihues. Entre cerros y ríos.
Siempre se entretenía mirando el humo blanco que salía por las chimeneas de las casas del pequeño campamento perdido entre bosques y caminos barrosos.
Pare ella, era un misterio que la lluvia torrencial no fuera capaz de vencer las columnas de humo blanco que subían al cielo en busca de libertad.
¡Quiero ser como el humo! ¡Así quiero ser!
¡No seré vencida porque soy hija del bosque y de la montaña!
¡Llegaré a la universidad y seré una profesional!
Estaba soñando, con la nariz pegada en el vidrio de la ventana de su pieza, pensando en el misterio de cómo el humo que subía, no era vencido por el agua que caía.
¡Verónica! ¿Me escuchas? – preguntó su madre que había terminado de amasar.
¡Deje de soñar y vaya a buscar la leña para la cocina!








¡Verónica! ¿Me escuchas? – preguntó su amiga a través del auricular.-
¡Verónica!
¡Ah! ¡Sí! – respondió ella.-
¡Oye! ¡Quiero pedirte un consejo porque, tú, eres una excelente profesora!
¡Ya! – dijo Verónica mientras posaba, con orgullo, nuevamente la vista en la figura que había terminado con mucho esfuerzo su hija Valentina.-
¡Fíjate! – continuó Rebeca – Alejandra tiene que hacer un dibujo. El tema es libre.
Eligió dibujar un paisaje....
Al profesor, Francisco, tú lo ubicas bien....¿verdad?
¡Sí! – interrumpió Verónica - somos buenos amigos.-
En realidad – agregó Rebeca – creo que es medio loco porque, le pidió a mi hija que hiciera el dibujo con lápiz negro o esos de carbón....tú me entiendes ¿cierto?
Existe una variedad de marcas de lápices y no sé cuál comprar para que haga su trabajo: unos son los comunes del número dos y también existen los portaminas de distintos milimetrajes.
Te pregunto, mi linda:
¿Qué lápiz aconsejas le compre?.....
No me aconsejes los que son de carbón..... ¡Por ningún motivo!.....de esos tuvo la Alejandrita. Se los boté todos porque se dejó la ropa imposible y me manchó todas las sábanas y paredes.
¿Qué lápiz aconsejas le compre?.....
¡Bip!...¡Bip!...¡Bip!...¡Bip!...¡Bip!...
¿Aló? ¿Aló?
¡Verónica! ¿Me escuchas?
¡Uf! ¡Se cortó la comunicación!
¡Ay! ¡Dios mío!
¿Qué tipo y marca de lápiz compro?
¡De carbón, no!
¡Vaya problema....!

Verónica, después de colgar el teléfono, se inclinó una vez más para observar el trabajo de su pequeña hija Valentina.
Suspiró y se llevó el dorso de su mano derecha a los ojos para secar unas furtivas lágrimas que silenciosas salieron de ellos, producto del recuerdo de su infancia y de su titánica lucha por ganarle a la adversidad.
Enderezándose, exclamó:
¡La facilidad que tienen algunos de hacer de algo simple, un gran problema!

UNA INFANCIA FELIZ

Una infancia feliz
Recuerdos de una infancia feliz
Patricio nació un catorce de agosto, yo un veintiséis de marzo. Ambos tenemos dos años de diferencia. Soy la menor.
Para nosotros la infancia, hasta que cumplí los cinco años, fue feliz. Jugábamos y no sabíamos hacer otra cosa que divertirnos.
Nuestros padres Eduardo y Susana siempre estaban muy preocupados de nosotros. En ocasiones desarmábamos los principios más rígidos de ellos pues, con nuestras sonrisas, cariños y ternura los doblegábamos o hacíamos olvidar un castigo impuesto cinco minutos antes. Siempre nos decían que nuestros rostros eran una foto de nuestra felicidad.
Jugábamos con papá cuando llegaba del trabajo. Él llegaba normalmente más temprano y una hora más tarde llegaba la mamá. Mi papá, al llegar a la puerta de calle de la casa, se sacaba la corbata y con ella nos atrapaba. Siempre nos levantaba por sobre su cabeza haciéndonos girar por los aires, provocando en nosotros gritos y risas que le hacían olvidar una larga y pesada jornada de trabajo. Cuando llegaba mi papá, ya no era necesaria la presencia de la tía Rebeca porque él asumía el rol de "dueña de casa". No tomaba once y nosotros no comíamos esperando que llegara la mamá. Durante la espera jugábamos en el patio trasero lanzando una pelota a un improvisado aro o bien mi papá jugaba a las muñecas conmigo, mientras Patricio se peleaba un espacio para que el papá le escuchara y admirara las "obras de arte" que había conseguido hacer en su colegio. En ocasiones se producían pequeñas discusiones entre nosotros por ocupar un lugar preferencial en la atención del papá.

Los tres, con ansiedad esperábamos a "la mamá" e íbamos a pararnos en la esquina para salir a su encuentro.
Cenábamos juntos y compartíamos las experiencias escolares. Yo, contaba las cosas que me habían pasado en el prekinder y Patricio de lo que le había sucedido en el colegio con sus compañeros o con sus profesores. Después los cuatro jugábamos en la cama matrimonial de mis papás, hasta que yo rompía en llanto a causa de un golpe brusco de mi hermano y simplemente porque el cansancio y sueño me ponía odiosa e inquieta. Era la hora de ir al baño, lavarse los dientes y acostarse.
Allí estábamos los cuatro. Papá ponía el pijama a Patricio y mamá me lo ponía a mí.
Siempre fue así. Todos los días del año.
Recibíamos el beso de buenas noches y prontamente nos dormíamos.
Siempre fue así. Todos los días del año.
¿Por qué dices que siempre fue así?
Sandra, ¡Tienes ocho años! ¿Acaso ya no son grandes para que se vistan y se pongan el pijama solos?
¡Dime! ¡No llores! ¡A ver! – dijo aproximándose un poco más la profesora - ¿tus papás no te quieren ahora?
¡No! Ellos me quieren mucho. Mi papá me regaló para mi cumpleaños una muñeca Barbie muy bonita – recuerda que contestó a la profesora.
Entonces ¿por qué tienes tanta pena? – volvió a insistir en tono maternal su profesora.



La realidad hogareña.
Sandra se quedó mirando el patio del colegio. Había sol pero sus lágrimas empañaban su cristalina mirada y no podía ver con claridad la cancha y las líneas amarillas que la demarcaban. El tablero de básquetbol lo veía en forma difusa.
¿Por qué llora mi niña? – volvió a preguntar su profesora acariciando sus cabellos.-
¡Por nada tía! ¡Tenía ganas de llorar! ¡Ahora estoy bien! – respondió poniendo ambas manos entre sus rodillas y encogiéndose de hombros.-
Angélica llevaba varios años de docencia en esa escuela. Sabía cuando sus niños no estaban bien Eran quince años de experiencia.. Quince años de luchar y luchar para que los niños adquirieran hábitos que en casa no les enseñaban: el respeto, la higiene, la puntualidad, el hábito de estudio. Quince años de profesora y mamá de muchos niños..
Angélica sabía que detrás de ese llanto y pena infantil, había algo grave. Sabía que bajo ese delantal y sonrisa tímida había una pena, había algo que la aislaba del resto de sus compañeros, algo que estaba apagando y marginando una vida llena de energía.
Nunca había tenido anotaciones negativas. Eran cuatro:
Alumna que no trae materiales
Alumna que pelea con sus compañeros
Alumna que dice groserías a una compañera
Alumna que responde en forma inadecuada a la profesora.
Cuatro anotaciones que estaban indicando que algo no andaba bien en la casa de Sandra.
Los desahogos con una amiga
¿Te acordai’ la cara de tu mamá y lo que dijo cuando le mostraste la comunicación? – preguntó Teresa.
¡Uf! ¿Cómo no recordarlo? – respondió suspirando Sandra.-
¡Qué hiciste ahora chiquilla de moledera! – me gritó mi mamá desde su dormitorio.-
¡Escucha! ¡Tu hermano me ha hecho ir en tres oportunidades al colegio! ¿Ahora empiezas tú? ¡Tengo que hacer de papá y de mamá! – me dijo retándome en el pasillo.-
¡Se fue en la volá’ tu vieja! – le dijo su amiga Teresa mientras aspiraba el resto del "pito" entre sus dedos cuyas yemas tenían un leve color amarillento por la nicotina - ¡se fue en la volá’ ¡ – volvió a repetir.
¡Me sacó la cresta, huevona!
¡Las recresta! – puntualizó Sandra haciendo un gesto muy expresivo con sus manos.
¡Gueno! ¡No me "envolís" la perdiz! – continuó Teresa.-
¿Qué le vai’ a decir a tu viejo? ¿Lo "ai’ visto últimamente?
¡No! Hace dos semanas que no va para la casa – respondió con aire de tristeza Sandra
¿Dónde vive "loquita"? – preguntó Teresa con cara de intriga.-
¡No sé! ¡Se cambió hace poco! ¡Está viviendo con una rucia hace como tres semanas!
Y ¿Qué tal es? – preguntó Teresa mientras se arreglaba el zapato izquierdo.-
¡No sé! ¡Yo "cacho" que debe ser buena y hacerlo feliz! Trabaja en una financiera y parece que es soltera. Eso es lo que me ha contado mi hermano.
¿Tiene hijos? Porque tu papá ahora no es tan joven ¿Cuántos años tiene? – preguntó con aire de asistente social su amiga.-
¡Tiene cincuenta!
¡Ahora que me acuerdo mi hermano dijo que era soltera!
Pero ¿Es vieja? – volvió a preguntar Teresa.-
¡No, es joven! Debe tener como treinta y cinco años – respondió Sandra.-.
¡Ni tanto! Pero igual, es joven pa’ tu viejo.- agregó Teresa. A lo mejor se llevan bien, total ¿Cuántos matrimonios son los que duran más de quince años? Mis viejos duraron como catorce y chao. Además en el amor, la edad no importa mucho.
¡Ya! - continuó Teresa retomando el tema – pero, me imagino que le vai’ a contar a tu viejo que estai’ embarazá’ o ¿tu vieja se lo va a contar?
¡No sé! – Respondió con la mirada perdida Sandra.
¡Cacho que los inspectores van a llamar a mi papá porque he faltado a varias clases y ellos saben que he tenido que ir a controles al hospital!
¡Oye! Y, ¿qué tienen que meterse esos viejos en tu vida? Poniéndose de pie Teresa le dijo: ¡No tienen nada que meterse en tus líos amorosos! Ellos tienen que ver que los cabros del Liceo lleguen a la hora, entren a clase y no hagan desorden. ¡Eso no mas! ¡No les aguantís’ que se metan en tu vida! ¡No le aguantí’ loquita! ¿me entendí’?
¡Ya! Me voy porque tengo que juntarme con el Luis que llega de Santiago mas o menos cargadito – dijo Teresa - al mismo tiempo que dejaba escapar una risa de regocijo porque le había prometido unos pitos de "la buena".-
¡Chao Sandroca! ¡No tomí’ tanto caldo de cabeza! ¡Total el Carlos apechuga! ¿No? ¡Me imagino que no te va a jugar chueco ni se va a "correr"!
¡No! – respondió un poco compungida Sandra – es bien derecho el Carlos. Se puso a trabajar en el taller de su tío porque está juntando platita para cuando nazca la guagua.
¡Ah! ¡Que guena onda! ¡Bacán! – dijo Teresa mientras se inclinaba para dar un beso en la mejilla a Sandra a modo de despedida.
¡Chao! ¡Nos vemos mañana en la plaza como a las nueve!









La cruda realidad.
Sandra bajó también del cerro y tomó otro sendero que la llevaría a la población donde ella vivía con su mamá hace cinco meses. Patricio vivía con su papá hace dos meses porque su mamá no podía controlarlo. Se había puesto muy agresivo e incluso en varias ocasiones había fumado pitos de yerba en su dormitorio con un amigo de la antigua población donde vivían.
Entró en su dormitorio y allí se recostó en su cama. Tomó una muñeca entre sus manos, era una de las costosas muñecas barbie que aún conservaba casi intacta. Su papá se la regaló cuando cumplió ocho años y se puso a recordar esos hitos de su infancia. Ella estaba en cama pues se había torcido el tobillo y tenía una venda que le apretaba y le molestaba en demasía. Nunca la habían regaloneado tanto. Su abuela la nona María, iba casi todos los días a verla y le llevaba unos panes dulces que ella hacía con mucho cariño para ella y unos dulces y chocolates.
Allí estaba su nona María con su pelo blanco y ondulado que la miraba con una sonrisa llena de dulzura con una caja de lápices de colores – traía veinticuatro lápices grandes – más tres pequeños libros de cuentos para colorear. Su papá estaba sentado en la orilla de la cama a la altura de sus pies con su regalo que le entregó junto a un abrazo muy apretado y muchos besos.
Su mamá – recuerda – estaba en su trabajo. Cada vez llegaba más tarde a casa, eso hacía que su papá se enojara mucho porque se juntaba con amigas a conversar y llegaba casi siempre cuando todos se habían dormido.
A los ocho años la mamá no le ponía el pijama ni estaba para darle el beso de las buenas noches. Recordó la conversación que tuvo en el patio con su profesora y que no se atrevió a contarle que sus papás peleaban mucho y que se habían separado. Suspiró y, dejando la muñeca sobre la almohada se acercó a la ventana. Vio, a través del cristal, a su perro regalón que estaba moviendo la cola en la puerta de calle quizás a quién. Volvió sobre sus pasos y se estiró sobre la cama. Se dio vuelta porque le incomodaba su abdomen en el cual tenía una nueva criatura de tres meses. Allí se quedó mirando el cielo que acusaba las moscas aplastadas por su furia matutina con el matamoscas rosado que siempre estaba colgando tras la cabecera de su cama.
La angustiaba el futuro incierto. Tenía muchos sueños que poco a poco, a medida que su hijo iba creciendo y reclamando un espacio físico en su vientre, iban esfumándose.
En el Liceo tenía buenas notas. Su promedio de primer a tercer año de su enseñanza media era de seis coma uno. El segundo semestre de su cuarto año era un desastre. No podía concentrarse en las clases. Le costaba poner atención a las explicaciones de sus profesores.
De improviso todo desapareció. Sí, todo.
Sus sueños ya no eran sueños. Eran realidades inalcanzables. En marzo debería tener a su guagua según los cálculos de la ginecóloga del hospital que la había retado bastante por no haberse cuidado para no quedar embarazada.
La orientadora del Liceo les había hablado bastante del tema pero, es tal difícil contenerse y parar los deseos porque la pareja anda sin un condón.
¡Claro! – se decía – para los adultos todo es fácil.
¡Hay que estar dentro de los zapatos de uno para poder hablar así! ¡Ellos no saben lo que es la soledad, la falta de cariño de un papá! ¡Las embarré, me entregué demasiado! ¡Tal vez si hubiera tenido a mi papá a mi lado............!
Quedó con la vista fija en el techo y volvió a reparar en las manchas negras producto de los golpes que había dado a unas moscas que, en las mañanas le molestaban y no le dejaban dormir.
¡Mañana voy a limpiar el techo para que mi bebé cuando nazca y mire, no vea esas moscas muertas pegadas en el techo! – se dijo en voz alta.-
¡Huy! ¡mañana tengo que sacarme una ecografía! ¡Ojalá que Carlos me pueda acompañar!
El teléfono sonó y le hizo volver a la realidad.
Se paró y fue al living para contestar. Era Carlos, su pololo.
¡Gordita! Te llamaba para decirte que mi tío no me dio permiso para acompañarte mañana porque tiene que entregar tres autos y anda medio "atravesado" con su "genio".
¡Ah! – dijo aturdida y desilusionada Sandra - ¿no eres capaz de decirle a tu querido tío que yo y la guagua somos más importantes que una latas que tienen que pintar?
¡No! ¡Entiéndame mi amor! ¡Yo quiero estar con usted pero....!
¡Entiendo! – respondió Sandra - ¡Entiendo!
Con rabia y desilusión le dijo en tono irónico - ¡Me imagino que podrás estar conmigo cuando nazca nuestro hijo!
¡Por supuesto! – respondió a través del teléfono - ¡No me perderé ese momento!
¡Sí! – dijo ella – así dicen casi todos los hombres y poco a poco comienzan a "correrse" y, al final una queda sola con el crío.
¿Sabes que más? – dijo ya en tono subido Carlos – mañana conversamos con más calma. Lo que pasa es que estás muy sensible y regalona y por eso crees que ya dejé de quererte.
¡No estoy ni sensible ni regalona! ¡Lo que pasa es que estoy con una guagua dentro de mi "guata" – dijo tomándose su vientre – que es tuya también! ¡Recuerda que no la hice sola! ¡La hicimos entre los dos!
¡Ya! ¡Ya! ¡Córtala! ¡No es necesario que me lo sigas diciendo! ¡Eso lo tengo muy claro! – dijo a modo de despedida Carlos ya enojado y dolido.
Sandra lo conocía muy bien. Carlos era de un temperamento bastante violento.
No le gustaba que usara minifalda ni escotes muy abiertos. Eso siempre ha sido motivo de discusiones y peleas. Sabe que es un hombre inestable y celoso bueno para "pasarse películas y rollos"
¡Bueno! – dijo Sandra para presionarle – le diré a Jorge que me acompañe.
¡Oye! ¡No seas tonta! ¿Acaso no sé que el famoso "Jorgito" fue un pololo tuyo y que todavía anda detrás de ti?
¡Dile que estás esperando un hijo mío! – gritó Carlos por el auricular.-
¡Dile que esa guagua es mía! ¡Dile que yo la hice!
¡Apuesto que se le quitarán las ganas de andar molestándote y tirándote los "corrios"!
¿Crees que soy de la "chacra"? ¡Por la "puta"! – exclamó furibundo por los celos.-
¿Acaso crees que mi vida sigue igual? ¿No me has visto todo cochino y pintado? ¿Por quién hago todo eso? ¡Respóndeme! ¿Por quién?
¡Ya! – dijo Sandra en tono cortante - ¡Llegó mi mamá!
¡Mañana hablaremos con mas calma y claridad! ¡Lo único que quiero es saber si seguiré contando contigo o no! ¡Seré madre soltera! ¡Eso lo tengo claro!
¡Mañana espero que vengas a verme para que sepas el resultado! ¡Chao!
Fue una despedida muy fría. Distante. Vacía.
Así la encontró su mamá que llegaba después de un día bastante desastrozo.
Susana sabía que su hija estaba embarazada de Carlos. Fue una de las primeras en saberlo. Estaba frente a su hija, la de siempre pero, muy diferente. No sabía cómo hablarle. Cada vez que conversan terminan en una discusión. Ella es la culpable de todo. Ella que se separó de su papá, ella había "cagado" al papá con un compañero de trabajo. Ella, que siempre se había encerrado en su trabajo. Ella que vivía de las apariencias. Ella que siempre hablaba de sus hijos exagerando las cosas buenas que tenían. Ella, que cada vez que hablaba del papá, lo hacía un dios.
Cada vez que miraba a su hija, le dolían las palabras que le había gritado un día. Fue un domingo cuando llegó con su pareja a casa. Fue después que él se fue.
Nunca se había sentido tal mal. Nunca le habían enfrentado a la realidad.
¡Te creaste un marido en tu fantasía! – le gritó Sandra con sus catorce años.-
¡Tuvo que aparecer ese "gallo rasca" para que despertaras a la realidad! – le gritaba golpeando en forma descontrolada la mesa del comedor.-
¡Mírame bien! ¡Mírame! – gritaba sin misericordia – La que tienes aquí y te dice la verdad ¡Es tu hija real! ¡No soy la de tus fantasías! ¡Mírame bien! ¡Soy yo!
Allí estaba la hija que, a los catorce años, le había gritado la verdad. La misma verdad que le dijo el sicólogo que tuvo que ir a ver a través del Juzgado. Ahora tiene diecisiete años y mide un metro y sesenta y cinco centímetros. A pesar de tener en su cara signos de un incipiente embarazo tiene una figura muy atractiva.
¡Hija! ¡Mírate! ¡Como te ha crecido la "guatita"! – dijo a modo de romper el hielo y la tensión que observó en la cara de su hija.
¡Mamá! ¡Tan buena para pasarte rollos y cuática que eres! – respondió poniéndose de pie para demostrar que su vientre aún no daba señales de estar embarazada –
¡Fíjate bien en la mini que tengo puesta! ¡Mira! – le dijo haciendo un giro sobre sus talones - ¡Esta me la regaló mi papito el año pasado, para el verano, y todavía me queda bien.
¡De "repente" no quiero que me crezca la guata! – dijo en tono triste.-
Pero, ¡Hija! ¡Fíjate las tonteras que dices! – le recriminó con dulzura Susana, al mismo tiempo que se acercaba a ella y la tomaba por los hombros –
¡Cuando te crezca la guatita! Te verás preciosa ¡Preciosa!
¡Mamacita! Te van a decir los hombres cuando camines por la calle. ¡Prepárate porque igual te van a molestar!
¡Solo los degenerados! – dijo ella con seguridad.-
¿Cómo está tu amigo Jorge? – preguntó Sandra cambiando la conversación.-
¡Ya no está! – dijo su mamá - ¡Ya no estará más! – respondió ella con aire melancólico.-
¿Cómo? ¿Se murió? – preguntó Sandra – abriendo sus grandes y hermosos ojos café.-
¡No! ¡Terminamos hija! ¡Terminamos!
¡Mamá! Y ¿Por ese "tipo" dejaste a mi papá?
¡Hizo lo que quiso contigo! ¡Lo que quiso! ¡Espera que lo vea por la calle! ¡Maricón de mierda! – decía Sandra con vehemencia desahogándose de la conversación y frustración que había tenido con Carlos minutos antes –
¡Mamá! ¡Los hombres son una mierda! A uno la usan y la buscan para puro acostarse no más. ¡Son una mierda! ¡Eso son!
¡Hija! – exclamó asustada Susana - ¿Por qué piensas así si eres tan joven?

Un corazón abierto
¡Mira! – dijo acercándose a Sandra – quiero ser bien sincera contigo pero, no me retes ni me obligues a hacer cosas que no haré porque creo que ya es muy tarde. ¿De acuerdo?
Con Jorge estábamos mal desde hace como dos meses. En realidad son pocos los hombres que se fijan en forma seria en una mujer separada o que está mal en su matrimonio. Ellos buscan pasarlo bien, como tú dices, buscan estar con una pero sin grandes responsabilidades. Como una se siente sola busca otro hombre y allí ¡justo! aparece uno que le habla bonito, que le dice que el sexo para él no es lo primordial....que si las cosas se dan, se dan...pero en el fondo te lo dicen para envolverte y tú caes.
Te llenan de regalos y atenciones. Son delicados, sensibles. No se lanzan a la primera, se contienen bastante y poco a poco te van "engatuzando" y no te das cuenta y estás acostada con ellos en un motel o en su casa. Te invitan a comer o a bailar y como "caballeritos" te dejan "intacta" en la puerta de tu casa. Esperan. Saben esperar. Los hombres se dan cuenta cuando una mujer está falta de cariño, cuando se siente sola.
En cambio hay otros que son lanzados y patudos y que van directo al grano. Eso me pasó cuando iba con mis amigas separadas a la Disco. Nos veían solas y allí llegaban para ofrecernos unos tragos y luego querían salir con nosotras. Tú sabes dónde querían ir y llegar.
Las mujeres que van solas a una Disco van por algo. Me refiero a las mujeres de mi edad. Porque los hombres saben muy bien que ningún marido deja ir a su mujer sola a una Disco, salvo algunos casos en que ellos las dejan y las van a buscar.
¡Hija! Así como nosotras nos damos cuenta cuando un hombre está solo por la manera de vestirse o por los zapatos o como lleva su camisa de arrugada, por su manera de mirar que es "ida" y triste, porque ha bajado de peso y está más flaco o por último que no se cambia las corbatas como lo hacía antes....en fin...así ellos se dan cuenta que una está mal. Tienen una especie de radar sentimental y se acercan, son románticos, tiernos, atentos, te preguntan por tus hijos y se "ponen" en tu lugar de una manera muy inteligente.
Ellos no hablan mal de los maridos....pero de una u otra manera te dicen que también están mal en su matrimonio y por allí te buscan...¡Mira! – dicen – "a mi me pasa algo similar". Y, comienzan a lloriquear para que a una le salga el instinto maternal y comienzas a sentir lástima por ellos y luego rabia por "esa" mujer tan desgraciada que tienen por esposa y madre de sus hijos y poco a poco comienzas a tomar el lugar de ella.
Ellos se dejan acariciar y regalonear. Te hacen sentirte bien porque tus cariños los toman en forma "angelical", son muy prudentes, ¡No! ¡Son calculadores y fríos! Saben esperar, no se impacientan y cuando caes a la cama con ellos....poco a poco comienza a desaparecer el tierno, el caballero y el delicado...comienzan a exigirte y si no les complaces, te extorsionan, te presionan....se corren para que tú les busques y como estás sola e hiciste algo que nunca soñaste hacer, es decir, acostarte con otro hombre que no es tu marido...tu autoestima queda peor que cuando estabas mal con tu propio marido.
¡Hija! Algunas pierden hasta la vergüenza y se meten con uno y con otro como queriendo castigar a su marido y la única que pierde es una. ¡Una es la que pierde! Porque la sociedad te hace perdedora y te haces de una mala fama. Hablan de ti y se jactan de haberte conquistado y haber salido o haberse acostado contigo.
Susana, al ver que su hija la observaba con estupor y asombro buscó dejar en claro qué tipo de mujer era ella.
¡Hija! ¡Amor! No pienses que yo he sido de esas que han perdido la vergüenza – le dijo acariciándole el cabello largo y suelto que cubría parte de sus desnudos hombros.
¡Perdóname por decirte estas cosas! En el fondo no tenía con quien desahogarme y tú no tienes la culpa de lo que me pasa y siento...la verdad – continuó Susana con lágrimas en los ojos – es que mis amigas no valen nada. Una se busca amigas según la etapa de la vida que está pasando. Poniéndose de pie - dio unos pasos en el estrecho dormitorio - prosiguió con su catarsis: si una está bien en el matrimonio, busca amigas que también están bien con su pareja. Sí, porque todas tenemos un mismo tema de conversación. Cada una busca "cachiporrearse"- por así decirlo - de su marido, de sus hijos, en fin. Cuando una está mal, busca amigas que también están mal, que están desorientadas, amargadas por una u otra razón, aunque no necesariamente estén mal en su matrimonio ¿me entiendes? A veces una está mal porque piensa que no se ha realizado plenamente en su trabajo, que una da para más y que la vida no le ha ofrecido las "oportunidades" para triunfar, que los hijos están grandes y una se encuentra sola en casa gran parte del día, que dejó una profesión para estar con los niños, ellos comienzan a salir y estar menos tiempo en casa.
Algunas se dan cuenta que durante años fueron mas madres que esposas y que, como sus hijos se independizan, deben enfrentar su propia realidad, el de ser esposas de un hombre que ha estado siempre a su lado, con el cual se han acostado y amanecido y que en el fondo es un desconocido. Sí, hija mía, un desconocido porque ambos han tenido cambios durante los años de matrimonio y, como han vivido en función de los hijos o del trabajo no se han dado cuenta de los cambios profundos que cada uno ha tenido.
Hizo una pausa y luego continuó con sus consejos y análisis de la tipología de la mujer que vive la soledad o una crisis grande en su vida.
Mirando a su hija y señalándose con el dedo pulgar de su mano derecha dijo: así nos encontramos y nos buscamos para consolarnos mutuamente contándonos las penas. Hay otras mujeres, que se buscan para salir y salir porque están pasando por una crisis personal y tienen que buscar a un responsable y culpable.... a veces el marido es el culpable pero, en muchos casos el "pobre" tiene muy poca culpa. ¡Es problema de nosotras! Se los "achacamos" a ellos.
¡Eso pasó conmigo hija! ¡Eso pasó! – dijo con tono arrepentido.-
Yo estaba mal. Me había puesto muy "trabajólica". Me escondía en el trabajo y no quería ver mi propia realidad. Cuando me casé con tu papá, me casé enamorada. No le encontraba ningún defecto y cuando los descubrí, comencé a taparlos con mentiras. Me mentía a mi misma. Me engañaba y decía cosas de él que no eran ciertas. Incluso cosas de ustedes que no eran ciertas o bien exageraba las cosas buenas de ustedes.
Sandra, que hasta ese momento le escuchaba con un silencio muy respetuoso, comenzó a sentir una rabia intensa en su interior. Rabia y pena se fueron confundiendo en su intimidad para dar paso a la violencia reprimida por meses y estalló. Se levantó de la silla donde estaba sentada escuchando a su mamá y comenzó a decir:
¡Claro! Ahora entiendo lo que pasó con ustedes. Siempre me hiciste creer que el papá era el culpable, que él era el celoso, el egoísta, el "trancado" , el antisocial. ¡Mamá! ¿Por qué? ¿Por qué?. Él siempre estaba cerca de nosotros, nos atendía y nos cuidaba. Déjame contarte algo que tú no sabes.
¿Qué? – preguntó la mujer sentada ahora en el banquillo de los acusados.-
¡Mamá! Varias veces vi a mi papá llorar. ¡Sí! ¡Llorar! Me acuerdo que tenía como siete años y cuando le preguntaba al papá porque lloraba me decía que le dolía mucho "la guatita". Ahora entiendo que él lloraba por ti. Nunca me dijo lo que hacías tú, en cambio tú me hiciste odiar al papá porque lo culpabas a él de tus llegadas tarde a casa, que no llegabas temprano porque él estaba en casa. Eso es lo que escuchaba cuando ustedes discutían. Me acuerdo que mi papá te dijo que él llegaría tarde a casa para que tú llegaras temprano y estuvieras con nosotros. Nunca llegaste temprano, a veces nos quedábamos solos y nos cuidaba la vecina. Ahora entiendo por qué mi papá buscó a otra mujer que le diera cariño, entiendo la razón que tuvo para dejarnos poco a poco. Dejó de jugar con nosotros y de salir como antes lo hacía y, no era porque no nos quería sino que lo hacía para que tú estuvieras con nosotros.
¿Qué hiciste por ello mamá? ¿Qué? ¡Nada! ¡Seguimos igual de botados y solos!
¿Sabes? ¡Siento pena por lo que me contaste! ¡Mucha pena!
¡Siento pena y rabia! ¿Qué quieres que te diga?
Tomándose el pelo con ambas manos para arreglárselo, se dirigió a la ventana y mirando a través del cristal preguntó:
¿Qué harás ahora, mamá? ¿Te esconderás en tu trabajo? ¿Volverás a tener tu círculo de amigas separadas?
¡No! – dijo Susana decidida - ¡Eso ya lo experimenté! ¡No quiero volver a eso!
¡Quiero estar sola! ¡Los errores se cometen una sola vez!
¡La verdad, hija! ¡No sé lo que pasará conmigo! Por ahora – continuó mientras se sacaba los zapatos de taco alto – me prepararé para ser abuela.
¡Imagínate! Tengo que aprender a contestar las preguntas que me hagan más adelante. Tendré que decir ¡Tengo dos hijos, soy separada y soy "Abuela"!
Y ¿Qué tiene de malo? ¡Serás una abuela joven! – dijo animándole Sandra.-
¡Sí! ¡Joven! ¡Con cuarenta años! ¡Joven! – dijo haciendo burla de su fatalidad.-
¡Mamá! ¿Has pensado que alguna vez se vuelvan a juntar ustedes dos? – preguntó inocente y soñadora Sandra.-
¿Juntarnos nuevamente? – dijo Susana también soñadora.-
¡Hija! ¡Creo que es tarde! – respondió más aterrizada – Eduardo tiene una pareja que es mucho más joven que yo. Es soltera aunque no ha sido ninguna santita pero tiene una mejor figura que la mía y es atractiva. Demasiado atractiva para el feo de tu papá. Eso es lo que tiene tu papá ¡suerte!. Es feito pero simpático cuando quiere serlo y conquistar. Tiene algo especial que atrae a las mujeres.
¡Mamá! ¡Lo que pasa es que mi papá es interesante! ¡Es un viejo con experiencia y maduro! ¿No es eso lo que buscamos en un hombre? ¿Estabilidad? ¿Madurez? Y, mi viejo es maduro mamá. ¡Madurito!
¡Sí! Yo lo hice madurar, así es que tengo bastante mérito en lo que es ahora tu padre.
¡Mamá! ¿Mi papá no te dejó nada bueno? ¿No te hizo crecer como mujer?
¡Mmmm! – emitió un sonido labial en tono sarcástico, acompañado de un gesto con su cara que la giró como un manto de desdén – tu padre me convirtió en mujer y en madre.
Pero ¡mamá! ¿Cómo puedes ser tan orgullosa y rencorosa?
¡Mire mijita! Yo busqué en tu padre a un hombre y no a un protector mío ni de mis hijos. Eso extrañaba de tu padre. De la noche a la mañana lo sentí ausente de mi vida porque se volcó hacia ustedes y a mí me dejó un poco en el olvido.
¡Eso se llama celos, mamá! ¡Celos!
¿Cómo que celos? Eso se llama abandono hija. ¡Abandono! – dijo ella herida y resentida de su marido.
¿Sabes que más? – dijo Sandra dándose cuenta que nuevamente estaba siendo usada afectivamente por su madre – ¡Son ustedes quienes deben solucionar ese problema histórico si quieren vivir felices aunque sea cada uno por su cuenta! ¡No me "achaques" los problemas tuyos porque yo tengo uno y bien grande! ¿No crees eso?
¡Mamá! ¿Quieres saber cuáles son las cosas que me "bajonean"?
¡Hija! ¡Perdóname! ¡Perdóname no quiero darte preocupaciones!
¡Dime y con harta sinceridad! – continuó, ahora más calmada y tierna Susana - ¡No temas y confía en mí!
¿Qué es lo que más te preocupa y te da miedo? ¡Dímelo con toda libertad y confianza!
¡Mamá! ¡No tengo miedo! – replicó Sandra.-
¡Que poco me conoces, mamá! Lo que pasa es que miro el futuro y lo veo muy complicado.
Mi padrino me dijo que me ayudará en los estudios y quiero ir a la universidad. Todos estos años he estudiado porque, ésa es mi meta. Quiero ser una profesional, valerme por mi misma y no depender de un hombre. ¡Ese es mi sueño!
Lo triste y preocupante es que en marzo nacerá mi bebé. Justo cuando comienzan todas las actividades académicas en la universidad ¡Eso es lo que me quita el sueño!
Guardó silencio por unos instantes para darse el tiempo de apreciar los efectos de las palabras en su madre que la miraba con sus ojos abiertos con cara de sorpresa por lo que su hija le estaba confidenciando.
Susana, se dio cuenta que, en realidad no conocía a fondo a su hija, no se había dando cuenta que su "sandrita" había crecido y madurado.
¡Mamá! – continuó Sandra - a ti te importa mucho el que dirán. ¡Eso! Yo estoy "ni ahí" con lo que digan tus amigas, los vecinos y las viejas copuchentas de siempre. Quiero que mi guagua sea sanita y venga "completa" y no me interesa las miradas de mis compañeras y de los profesores porque ellos nada pueden hacer en mi contra, no me pueden expulsar del Liceo, al contrario según lo que he escuchado en las noticias ellos deben ayudarme y facilitarme un poco las cosas. Total me quedan pocos meses como alumna.
Me preocupa otra cosa. El cómo se lo diré a mi papá para que no te culpe a ti, que no te preocupaste ni me controlaste. Yo "cacho" que mi viejo las va a emprender contra ti.
Susana la escuchaba en silencio y un cosquilleo recorrió su espalda.
¡No quiero que mi hija por tu culpa se enrede con cualquier tipo y pase a engrosar las estadísticas como una madre soltera más! ¡Si algo pasa, tú, tendrás que asumir toda la responsabilidad y los gastos porque la niña está bajo tu tutela! Esas fueron las palabras que escuchó de la boca de Eduardo cuando se fue definitivamente de casa.
¡La justicia! ¡Viva la justicia! Siempre favorece a la mujer. Ella es la "dueña" de los hijos y a uno lo transforma en un simple mantenedor o proveedor de ellos a la distancia.
¡Qué contradicción! ¡Maldita sea! Si la sociedad y ahora los movimientos feministas y la ministra de no se que cuestión, dicen que el hombre debe ser un padre responsable y dejar de ser un proveedor de la casa....que debe asumir un rol más protagónico en la formación y educación de los hijos, que debe compartir las responsabilidades con su pareja: mudarlos, lavar, planchar, cocinar... y, .cuando a uno le han cambiado todos los esquemas, entonces viene la "señora justicia" y nos desautoriza diciendo que la "madre" es la propietaria de los hijos, que ella es la que tiene que "quedarse" con ellos, que a ella los niños la necesitan más. ¡Mentiras! ¡Mentiras! Al final los niños quedan en mano de una "nana" que uno mismo tiene que pagar, porque "ella, la linda de la mamá" tiene que seguir con su vida, tiene que trabajar y seguir con su "vida social" y, a uno lo castigan y lo relegan a solo verlos los fines de semana ¿Para qué? ¡Para que la linda "descanse de ellos" y pueda dormir hasta más tarde o salir con su "amiguito". Convierten al papá en un niñero de fines de semana y nada más. ¡Viva la justicia! ¡Viva! ¡Tú tendrás que asumir la responsabilidad porque los niños quedan bajo tu cargo! ¡Ojalá que no me hagan abuelo o se metan en líos con la justicia! ¡Ojalá!

¡Mamá! ¿Me escuchaste, verdad? – preguntó Sandra tratando de adivinar los pensamientos de su madre.-
¡Yo hablaré con tu papá! – dijo a modo de respuesta a su hija.- ¡Yo hablaré con él! – presintiendo lo complicado que sería para ella contarle a Eduardo que su hija lo convertiría en abuelo
Carlos Alberto corría por el patio de la casa. Había cumplido los cuatro años y jugaba ante la mirada atenta de su abuelo que había demorado dos años en aceptar que su hija adorada fuese madre soltera.
Adentro, en el dormitorio estaba Susana acostada más de una semana, producto de una enfermedad que aún los médicos estaban tratando de dar un diagnóstico definitivo.
¿Por qué un hijo no esperado y una enfermedad no querida se convierten en punto de encuentro? Eso se preguntaba Sandra mientras terminaba de estudiar para un certamen que debía rendir el próximo martes en la universidad.
¿Cómo está mi futura educadora de párvulos? – preguntó su papá con las dos manos en su cintura a causa de la incómoda posición que debía adquirir para jugar con su nieto -¿Terminó de estudiar?
¿Sí, papá! ¡Ahora voy a preparar un tecito para que lo tomemos con la mamá!
A Sandra le importaba tener a su papá más seguido en casa. Ese era su consuelo porque la situación entre ellos era muy complicada. Por lo menos, ahora, con el nieto entre ellos, conversaban y se les escuchaba reír juntos. Una cosa dejó muy perpleja a Sandra. Fue cuando su papá le dijo ¡Tal vez el nieto haga posible el milagro del perdón! En el fondo él la seguía queriendo a pesar de todo lo que había pasado entre ellos.
¡Me quedaré soltera! ¡No me casaré nunca! – se decía Sandra al declararse incapaz de comprender la realidad de sus padres.- A lo más tendré una pareja que, si se quiere ir ¡que se vaya tranquilo! Pero no quiero tener esos "rollos" de mis viejos que al final de cuentas se siguen echando de menos y sufren cada uno por su lado.
¡No me casaré! ¡Solo conviviré con Carlos y punto!
¡El matrimonio! ¿Qué es? ¡Ahora entiendo a los que decían que primero tienen que vivir unos años juntos para ver si resulta su convivencia y luego casarse!
¡No! ¡Prefiero luchar solita por mi niño y no depender de ningún tipo!



Cuando el pequeño Carlos Alberto cumplió cinco años, Sandra contrajo matrimonio con Carlos que había obtenido el título de técnico mecánico y seguía trabajando en el taller con su tío.
Sandra – con la ayuda de su esposo – escribió en la pared de su dormitorio:
Prometo serte fiel en lo favorable y en lo adverso,
Con salud o enfermedad y así amarte y respetarte
Todos los días de mi vida, hasta que la muerte nos separe.